viernes, febrero 14, 2014

Sólo para ti.

     Aún recuerdo aquella primera vez que rocé con mis manos tu cuerpo. Aún recuerdo aquel primer día en que te dejaste amar por mí y el instante supremo en que aquel temblor sacudió lo más hondo de mi ser. Y ni mi importó entonces,  ni me importa ahora tu sexo ni la flaccidez adulta de tus carnes; pues el deseo, el amor, que hasta ti me llevó era y es más poderoso que cualquier ciclón o huracán que imaginar puedas. Aún recuerdo, aunque posiblemente tu no lo creas,  el inmenso placer vivido que inundó mi cuerpo en aquella habitación donde por primera vez te ame y donde la única luz que daba brío a ese lugar era  la llama del intenso e inmenso cariño que de tu alma brotaba.

     Y de esa forma, a ciegas,  al igual que la canción,  te amé. Y en la intensa y enorme inmensidad de esa penumbra noté mientras acariciaba todo tu cuerpo tembloroso, tu respirar, tu aliento, el sudar en tus mismos poros, tu alborotado pelo que al igual que cascada de agua clara caía sobre tus hombros. Y te amé, te amé de tal forma y con tal intensidad que confundí mis miembros entre los tuyos, y tan tuyo fui de ti como mía fuiste tu de mí,  y sacié el hambre que de ti tenía al fin, sacié la sed del intenso amor que te tenía y fui feliz, intensamente feliz, amada mía.

     Y ahora, en este día en que te has alejado de mi presencia,  por lo visto definitivamente, queda la duda de que sino fue un espejismo lo que hacía mí decías sentías.
     
      Cuide las palabras que te dirigía cada vez que nos encontrábamos para de esta forma parecerme más a ti misma que a mí. Te entregué cuanto tenía, que como bien sabes no es mucho, te abrí mi corazón confiándote mis sueños, cogí tu mano y procuré que en momentos de angustias tuvieras un hombro en que apoyarte. Te escuché cuando nadie tenías que quisiera hacerlo... pero, a pesar de tanto cuidado, de tanto mimo,  temías ser parte de mi vida, temías que no fuera tuyo, solamente tuyo,  y así ha sido al final.  Y no te culpo a ti, sino me culpo a mi mismo ya que no quise ver, oír, el inmenso y terrible laberinto de ruidos y dolores que acechan detrás de una mentira, la que tu fuiste tejiendo como si de Penélope renacida se tratase.

     Sí, debes reconocerlo. Caí en la red que fuiste tramando, caí rendido por tus ojos, por el guiño de tu boca, por esas palabras que me envolvían cada vez que me hablabas y que a igual que tela de araña fuiste tejiendo astutamente para de esa forma ir aumentado mi deseo y anhelo hacía tu persona. No sé si fue una vez conseguido este fin,  o cuando hasta ti llegó al  que consideras actualmente tu gran amor, la persona que siempre esperaste, o cuando el precipicio de la soledad merodeaba el lugar que habito, que decidiste hacer  lo que nunca esperé hicieras:  abandonarme. Abandonarme al igual que se abandona aquello que ya debido al uso o al paso del tiempo pierde su valor, abandonarme sin mirar atrás, sin ninguna explicación, sin decir tan solo lo más simple y fácil cuando de verdad es el corazón el que ama: Adiós.

    Y aquí me encuentro en estos momentos, en el territorio de los amantes vencidos, en el cementerio de los amores olvidados, para que así hasta ti no puedan llegar ni el eco de mi voz que pueda hacerte pensar que te apremió a que me expliques,a que me cuentes o me digas  el porqué de tu abandono. 

    Y quiero desde el fondo de este lugar salobre y perdido donde me encuentro,  tan solo decirte  que mi espíritu no se doblegó aunque este sumergido en esta oquedad lúgubre y fría de peces muertos. Y que por mucho que trates de enmascarar ese miedo que siempre te poseyó en silencio, en huida hacia ninguna parte, no libraras a  tu corazón de la angustia de haber cambiado el inmenso amor que te profesaba por un espejismo que tan solo arrastrará tu nave hacía esos mares donde naufragara tu vida y tu alma en el mismo instante en que intentes izar tus velas y se aproxime la primera tempestad... si te fijas, amada mía, esta ya se aproxima por poniente.
Juan Lucas.

viernes, febrero 07, 2014

Amada mía.

     Ya sé amada mía, que he tardado demasiado en escribirte esta carta que te prometí hace ya tiempo, pero debes entender que llevo una larga temporada, y tú bien sabes porqué, con mi rumbo y mi norte perdido. Rumbo y norte que siempre, siempre habían estado bastante claros en mi mente. Pero hoy, ya ves, aquí me tienes intentando ensartar letras y frases para lograr formar sino una melodía, si algo que al menos se parezca a una canción. Al fin hoy llegaron esas letras, esas frases,  que parecen haber tocado tierra en mi persona, debido, y de eso no me cabe la menor duda,  a una inspiración vital alentada por ti. Y debo confesarte,  ángel mío, que es bien difícil llegar a buen puerto en medio de tan terrible oleaje, de tan terrible tempestad de sensaciones y de sueños como los que ahora me embargan.  No obstante y a pesar de que con estas letras pueda decepcionarte me atrevo a regalarte lo que desde mi corazón brota con tan solo el ánimo de agradarte y lograr arrancar del fondo de tu alma esa eterna sonrisa que tantas dichas y alegrías me han dado.

     Esta misiva que ahora comienzo tiene un origen: Tú.  Fue pensada y soñada para ti.  Y como dueña que eres de ella a ti y sólo a ti corresponde darle la forma, el color y la textura que creas se merece. Yo con tu permiso claro está, pues ya dije que es a ti a quien corresponde darle forma, color y textura, empezaré dándole color.  Y ¿qué  mejor color se le puede poner que el de tus melancólicos y hermosos ojos?  Ojos que brillan en tu cara como mundos multicolores y llenos de vida.

      ¿Forma?   La de tu sonrisa;  sonrisa  que tanto me agrada y a veces me desconcierta, sonrisa que me arranca soledades y alegra el alma, sonrisa que debido a mi distancia tú has ido borrando paulatinamente de aquel bello rostro que me regalaste desde el primer momento en que te conocí y que espero que con estas letras vuelvas a recuperar.

      ¿Textura?  La más deseada por este que escribe, sería el estar cerca de ti en el lugar que siempre he soñado y que hasta ahora no he realizado. En ese lugar de amplios ventanales iluminado por una clara y hermosa luna de verano viendo y oyendo el sonido del mar frente a un vaso de vino dejando pasar el tiempo a tu lado, puesto que estando junto a ti,  el tiempo ya no sería tiempo, sino espacios de placeres incalculados.

     Pero todo lo escrito anteriormente es un mundo de recuerdos, es el mundo que quiero y deseo tener y darte, es el mundo que sueño; mas debo volver a la realidad aunque esta me resulte dura y difícil.  Despertar del bello sueño de haberte amado, de haber compartido parte de mi vida contigo como si de un milagro se hubiese tratado. Tan duro e ingrato me resulta intentar olvidarte que ni puedo, ni quiero,  ni deseo hacerlo, puesto que si así lo hiciese,  en mí ya nada sería igual pues debes saber, amada mía, que todos mis ideales cambiaron el día que te conocí, hasta tal  punto fue de esta manera que a partir de ese momento supe que no es bello aquello que creía que lo era, sino que es bello aquello que ha comenzado a generar todo este nuevo mundo de sensaciones y emociones nuevas que trajeron a mi vida tus besos, tus caricias, tus miradas y tu maravillosa e irrepetible forma de ser.  Nuevo mundo de sensaciones y vivencias, donde he podido descubrir que eres tan bella como aquellas notas que brotan del corazón del arpa al ser acariciada por los pálidos y cálidos dedos de una diosa del Olimpo. Nuevo mundo generador de ternura y cariño que nos llevó y aún no se como, a que nuestras vidas se encontraran, a que nuestras almas se amaran y nuestros cuerpos se desearan sin que, al menos yo, quiera dejar esta dulce sensación que me atrapa y me eleva a lo más grato y agradable que pudiera imaginar; puesto que si así lo hiciera ya nada en mí seria igual.

     ¿Y por qué el de todo esto? Pues aquí tienes la respuesta. Es de este modo,  porque he sentido muy cerca de mí el maravilloso brillo de tus ojos, el hálito conmovedor de tu presencia. Es de esta forma, porque aún a sabiendas de que nos estamos distanciando aún siento en mi alma la belleza de aquel primer momento en que nos conocimos y en el cual sentí, noté tu amor limpio, puro e infinitamente tranquilizador que me daba tu presencia. Es así porque aún vive en mi mente aquel preciso instante, momento,  en que apareciste ante mí surgiendo del tumulto de gente desconocida que me rodeaban con tus cabellos negros azabache como bandera identificativa de tu insigne presencia para calmar la enorme intranquilidad que recorría mi alma al encontrarme en un sitio nuevo y desconocido para mí.  Es así,  porque te vi hermosa toda, desde esos hermosos cabellos que cubrían tu frente hasta las diez hermosas y claras medias lunas de tus hermosos y pequeños pies. Porque fue allí donde te revelaste ante mí como si de una visión mágica se tratase, porque pasado algún tiempo después de todo esto, me entregaste tu cuerpo, pan tostado en el horno de mis brazos , porque tu perfume a trópico encendido inundo mis sentidos impregnando ya para siempre mi piel de tan inconfundible aroma. Porque pude comprobar que eres fuego y nieve a la vez, blancos tus pechos y moreno el resto de tu cuerpo. Porque probé  la dulzura de tus labios que a los míos donaste como sacrificio ofrecido a un Dios desconocido. Porque me entregaste tu cuerpo cobrizo, cuerpo desnudo, hecho para el amor. Porque sentí el placer del fuego sagrado para siempre encendido, copa de locura que vive en tu regazo florido. Porque cuando tus brazos me rodearon y tus manos me acariciaron mi corazón palpitaba y me empujaba a ceñirme más y más a tu talle de diosa. Porque, amada mía, al final la ternura nos condujo al momento solemne donde sentimos nuestros cuerpos como si de una fuente de los deseos se tratase donde diste, toda entera,  a mis ojos la visión de tu cálida desnudez, visión que hizo que  buscara en ti al dios de amor con mis manos y no parar hasta poseerlo.

    Amada mía: todo lo que te cuento se quedó grabado en mí para siempre y no quiero borrarlos de mi mente por muy lejos que hoy te encuentres de mí, nunca, nunca, nunca. Amada niña, no me quieras arrebatar ahora aquellos momentos, aquellos dulces e inolvidables recuerdos de amor y pasión;  puesto que así lo hicieses, allá en tu bajo vientre fino donde acaba, donde expira tu curvatura leda y comienza la seda escondida de tu vellón sagrado se quedará dormida para siempre la caricia y la ternura del inmenso cariño y amor que te profeso.

     Acabo recordándote si es que al final te llega esta misiva, que cada día que pasa tengo mas sed de esa sonrisa fresca, del aroma de tu boca, de tus pechos blancos donde me gustaría nuevamente volver a quedar dormido después de haberte amado. Te quiero. Y sé que cada mañana cuando despiertas de tus sensuales y hermosos labios brota una rosa cada día, rosa a la que te pido, si aún puedes hacerlo, quites todas las espinas que herirme puedan, puesto que bastante heridas me causo ya la vida.

     Perdóname por esta loca y atrevida misiva, pero es que estoy amando y el amor me arrastra al igual que arrastra el frio viento de otoño las hojas secas y marrones de los árboles. Tú y solo tú, puedes evitar que a igual que esas hojas muera en el borde de cualquier acera olvidado y con el corazón temblando por el miedo y el frio.

Juan Lucas.