viernes, junio 22, 2012

Los "mercados" necesitan carne.

El jabalí tiene más alta la cabeza que el culo. El cerdo doméstico, por el contrario, levanta más los cuartos traseros que los delanteros. Al fin y al cabo la evolución de este último ha venido impuesta por el precio que toma cada una de sus partes, todas aprovechables, en los mercados. El jabalí es un animal sociable, no entiende de fronteras, aprovecha la noche para desplazarse y siempre lo hace en grupos en los que la hembra de mayor edad y tamaño marca la pauta. A su primo suido, el cerdo doméstico, se le ha ido arrinconando en espacios cada vez más reducidos donde pelea por un centímetro cuadrado con decenas de hermanos, tiene la comida asegurada, pero aun así, es capaz de atacar al resto por ser el primero en llegar a la tolva.
Ambos son tan parecidos que comparten nombre científico, "sus scrofa", aunque los distintos tipos de vida hayan marcado distancias tan sustanciales. Los primeros tienen capacidad para sobrevivir en distintos hábitats, han compensado su mala vista desarrollando una sobresaliente capacidad olfativa que les permite localizar los alimentos necesarios y un notable oído que les sirve a la vez como radar y alarma. Son apacibles pero no dudan en dar la cara si tienen que hacer frente a un peligro.
Los segundos esperan que se lo den todo hecho, no se preguntan de dónde sale el alimento que comen, ni qué méritos han realizado para merecerlos. Acostumbrados al pienso gratuito perdieron las habilidades para sobrevivir en libertad. Gruñen pero no atacan, salvo que tengan claro que su rival es lo suficientemente débil para abatirlo, aunque este rival sea uno de los suyos. Cuando el matarife se dirige a buscar a uno de ellos para darle muerte, el cerdo se esconde en medio de la piara, tratando de pasar inadvertido con la esperanza de que sea otro el elegido, sin saber que tarde o temprano le llegará su San Martín. El mercado necesita su carne.
Pensaba escribir sobre un país que se creyó rico pero me he quedado sin espacio.
Artículo de Joaquín Robledo en "El Norte de Castilla"

sábado, junio 16, 2012

Todo tiene su fin.


Hola, mi querida ..., tanto tiempo... ¿cómo estás? 
Quisiera poder llamarte así, simplemente, y que charláramos como dos viejos amigos que se reencuentran después de un largo viaje en soledad. 
Hace tanto de mi vida que no sé nada de tu vida, que creí que te tenía olvidada. Pero hoy, sin pensarte, sin nombrarte, sin darme cuenta de nada, desperté de una larga siesta con el recuerdo de tu rostro, de tu risa, de tus manos...  cubriendo, al igual que una espesa manta de niebla, la misma que durante los meses de julio y agosto  tapan el cielo de tu ciudad y que hacen que el paisaje parezca mas triste, más desierto, cubriendo digo mi cuerpo, mis sentidos y exaltando sin que pueda remediarlo mis sentidos hasta dejarme sin sentido.
Sé que tal vez no te acuerdes ni tan siquiera del timbre de mi voz. Que si te llamo, dudarás antes de darme un nombre, para no herir al fantasma que se levanta y te clama un espacio en tu memoria. Sé que reirás burlona, jugueteando con la incertidumbre de no poder reconocer a quien soñó y deseó ir colgado de tu brazo por los prohibidos jardines del placer hasta caer agotado en el sueño y seguir en el sueño paseando colgado de tu brazo por los prohibidos jardines del placer, hasta sentirse morir de amor, y volver a vivir sólo para verte. Para verte y poder amarte nuevamente.
Yo sé que el tiempo correrá, que aplastará todo lamento. Sé que terminarás instalándote en otras caricias y otros ojos, que otras miradas harán todo el resto. Lo que ahora me mueva no será el rencor, tu presencia terminará siendo un recuerdo inasociable, una constancia leve de lo que un día fue. Estas palabras frágiles serán zarandeadas por el viento, arrancadas de ese tálamo cálido, donde pudimos querernos tantas noches, cuando burlábamos la tiranía de todos los relojes, con esa vocación perpetua que depositamos en las caricias y los besos cuando nos enamoramos. No quisiera asociar el tiempo, con esa falacia triste que termina devorándolo todo. Quisiera ser feliz y que tú seas feliz, si es que los días que restan pueden llegar con esa ilusión eterna que nos llena los ojos. Ahora agarro la esperanza y brindo mi ofrenda y mi futuro a la creencia de que toda experiencia dolorosa nos hace crecer. No habrá intención de quedarme instalado en ese rencor que se nos agarra a las orillas del pantalón y trepa hasta secarnos los ojos. Quisiera que permaneciéramos inmunes a las espinas del tiempo, que no se enquistara la llaga que me quemó las manos, éstas mismas que soñaron y desearon caminar sobre tu vientre, casi imaginando la vida en sus adentros.
 Este "cariño" no nacerá. Se quedará esperando, en un lugar y un tiempo indefinidos. Mi simiente deambulará callada, perdida y torpe, temerosa de volver a errar, cobarde y desconfiada de toda experiencia venidera. Es el precio que nos dejan los pequeños fracasos. Quisiera no tener nada más que decir, pero cómo acallar las palabras que nacen de adentro y se precipitan hacia los labios, esos mismos que todavía hoy, te buscan desesperadamente en medio de la noche, con la pátina húmeda que nos deja la costumbre y el jergón tibio que nunca ha de volver. Es precisamente esa constancia la que golpea a veces; cómo esquivar el proyectil que rompe en medio de la frente. Ninguno de los dos hemos de volver ahora a ese instante en el que andamos ya naciendo en forma de recuerdo. Es precisamente el recuerdo lo que nos hace ascender al punto álgido donde la tristeza encuentra fórmulas que invitan al insomnio: entonces se callan las palabras. Me sumerjo en el centro de la oscuridad, me pierdo y hago tabula rasa al dolor, vuelvo a morir y a despertar y de nuevo muero y saco la cabeza en medio del dolor, porque el dolor renace cada vez que el recuerdo se empeña en negar toda razón. Es necesario, al fin y al cabo que sepas que el dolor penetra en mi cuerpo, me debes ese reconocimiento, mi sufrimiento es la tímida venganza que ahora te confieso, por encima de todo raciocinio.
Me voy y conmigo se va esa parte de mi que solo te corresponde a ti, esa parte de mí que es completamente tuya, esa parte de mí que se hizo tan grande que necesito lanzarla al mar a ver si se ahoga…es triste pesar que el amor es triste, pero es más aún sentirlo así, sentirlo desgastado antes de empezar, sentir cómo se encoge apesadumbrado ante la inseguridad, observar como se intenta apagar porque tiene demasiado miedo a producir una fogata, miedo a dar la cara y a ser escuchado; porque tu y yo nos escondemos tras máscaras forjadas por nosotros mismo y por nuestros propio, duro y consciente trabajo…¡Qué triste!
Sabes que has dejado tus pasos marcados en mí, solo espero que se conviertan en huellas en la arena y que algún día no muy lejano suba tanto la marea que no quede rastro ni sospecha de hoy, de anoche y de los últimos momentos contigo.
Adiós, me despido yo (quién sino)
P.D:
Brindemos por la eternidad, último lugar donde nos encontraremos, me despido pidiéndote perdón por seguir aferrado al recuerdo cuando todo ya está muerto



sábado, junio 09, 2012

"Queremos que se les juzgue y verles en la cárcel"

La crisis española no es tanto económica, sino de “decencia”, ya que “ha habido mucho sinvergüenza, lo sigue habiendo y no hay nadie en la cárcel” Sigue sorprendiéndome que en la mayor estafa perpretada jamás, nadie haya ido a la cárcel.