martes, agosto 30, 2011

La novia IV

El año 1935 llegó y con él el armisticio y la paz. La alegría era total durante el desfile de la victoria, pero para Leopoldina la guerra aún no había llegado a su fin.

El tiempo pasaba lentamente, tan lentamente que cuando en enero de 1936 se anunció que Paraguay accedió al intercambio de prisioneros, Leopoldina no lo creyó.

A principios de 1937 Néstor y Mario se presentaron a la casa de Leopoldina. Delgados, demacrados habían dejado en las planicies chaqueñas el rostro niño que llevaron y volvían como hombres que habían vivido muchas vidas, y en sus miradas y en sus ojos se veían reflejadas la individual y extraña experiencia humana del dolor y de la muerte.

A pesar de ello hubo alegría en el reencuentro. Doña Eduarda les agasajó con su mejor licor y Candé preparó una comida especial. A los saludos triviales y protocolares siguieron las preguntas sobre la guerra. Todos parecían tener miedo de hablar de Maximiliano. Pero al fin Leopoldina preguntó:

– ¿Y Maximiliano ¿Dónde está? ¿Por qué no volvió con ustedes? ¿Le pasó algo grave?

– Estee... bueno, él te contará – dijo Mario señalando a Néstor.

– No, Mario te contará mejor. ¿Verdad Mario?

– No, que cuente Néstor...

– Bueno, ¡qué pasa! ¡que alguien me cuente! Cualquiera de los dos, si los dos lo saben.

– Bueno... – empezó Néstor – es que Maximiliano...– se casó – terminó Mario.

– ¡Quee..! gritó Leopoldina – ¡Que se casó!

– Sí – dijo Néstor – Se casó en La Paz con Julia, una chica boliviana, que nos visitaba en la prisión.

– Nos sentíamos muy solos, y algunas chicas bolivianas nos visitaban. Una de ellas Julia.

– Sí, – dijo Doña Eduarda – que había estado callada hasta ese momento – pero ustedes no se casaron con esas chicas.

– No, – dijo ingenuamente Néstor – porque no se embarazaron.

– Eso quiere decir que no solo se casó si no que tiene un hijo – dedujo Doña Eduarda.

– Una hija – corrigió Mario.

Leopoldina se levantó y fue corriendo a su dormitorio, se tiró en la cama y se sumió en un convulsivo llanto, que le duró toda la noche.

Los días pasaron lentamente. El dolor dio lugar a la resignación. Pero el amor no da lugar a nada, queda anidado en la memoria y en el corazón.

Leopoldina supo que Maximiliano y Julia no pudieron derribar la muralla de odio construida por la guerra entre paraguayos y bolivianos, por lo que la vida cotidiana para ambos se hizo insoportable hasta terminar con un divorcio. La niña se quedó con su madre en La Paz, y Maximiliano volvió a Asunción. Era un hombre viejo de treinta años, cargaba sobre sus hombros tristezas, y como Néstor y Mario y muchos otros, también el horror de la guerra a la que habían ido adolescentes e inocentes como a un juego, igual que como cuando eran niños y jugaban a los soldaditos.
Juan Lucas.