jueves, octubre 21, 2010

El repique de campanas.

Corría una de esas noches en que las estrellas parecen presagiar algo y se niegan a mirar lo que acontece en la tierra. Por ello, las más quedan ocultas.
Llevaba lloviznando toda la noche, el agua ´me calaba la ropa y el frío agarrotaba mis huesos, pero no por ello dejé de seguir caminando. En la acera y en el asfalto mojado se iban formando pequeños charcos de los que saltaba agua cada vez que pisaba una losa mal pegada o pasaba un auto a toda velocidad aumentando aún más la humedad que se pegaba a mi piel. Tan solo de vez en cuando, una luna valiente y redonda se abría paso entre las nubes negras constituyéndose en la única fuente de luz de aquella sombría noche. A lo lejos, unas luces amarillentas me anunciaban que ya estaba cerca del lugar que buscaba.
Cuando al fin llegué a casa, me quité la ropa sucia y empapada que cubría mi cuerpo, y me dirigí al baño. Tomé una ducha caliente que me hizo volver a la vida. Luego, dirigiéndome a la cocina, preparé un café y me senté en aquella cómoda silla traída por un amigo mío anticuario desde Shangai y, que según él, consiguio tras una ardua y dura transación con otro anticuario de aquella lejana ciudad . No recuerdo el tiempo que transcurrió, desde el momento en que cerré los ojos hasta que volví a abrirlos. Si sé que la luz que vi a través de la ventana cuyos sucios y rayados cristales hacían que pudieras sumergirte en una imaginaria historia, no era la luz del día. Acercándome a ella pude distinguir una oscura figura, figura que siempre aparecía como luego pude comprobar a la misma hora del anochecer, cuando la sombra de la torre de la catedral caía sobre aquel viejo caserón donde vivía, más aquella noche, tan solo pensé era imaginación de mi mente cansada y no di mayor importancia a dicha visión.

Juan Lucas.