martes, mayo 18, 2010

La leyenda del tiempo.

Hoy tan solo dejo la música. Mañana quizás encuentré el texto que de seguro se debió quedar cerca de donde canta Camarón.



Juan Lucas.

viernes, mayo 07, 2010

Amor es dolor (Final)

Y le di toda mi vida, fui suyo al igual que ella era mía. Y fuimos felices, pero vana y fugaz es la felicidad para los mortales, tan fugaz como fue la vida de la mujer que tanto amaba.

Al poco tiempo de nuesro regreso a Madrid después de un viaje que nos llevó a lugares tan maravillosos como únicos,ella, empezó a sentirse mal. Ardía de fiebre y languidecía por momentos en aquel lecho que tantas y tantas veces nos habiamos amado. A igual que un loco poseso busque a los mejores médicos del reino... Todos dijeron los mismo, no había salvación posible padecía una "Fluxión de pecho", y para esta enfermedad, como bien saben no hay remedios. Durante los días que duró su agonía, veía como se iba apagando poco a poco aquella hermosa mujer que tanto y tanto amaba y, el asombro y el espanto me impedían comprender bien y reflexionar el porque de esta situación... ocho días más tarde, expiraba.
<

Y fue cuando estuvo muerta, que una desesperación brutal me dejó tan atudirdo que no tenía ni tan siquiera pensamiento. Lloraba. Durante todas las horribles fases del entierro, mi dolor agudo y furioso seguía siendo un amor de loco, una especie de dolor sensual, físico. Luego, cuando hubo partido, cuando estuvo enterrada, mi espíritu se aclaró de pronto y pasé toda una serie de sufrimientos morales tan espantosos que hasta el amor mismo que ella me había dado resultaba caro a tal precio. Entonces me obsesionó esta idea fija: “Nunca más volveré a verla.”

Cuando se piensa en esto durante todo un día, se apodera de uno la demencia.

¡Piensen! ¡Un ser que te adora, un ser único, porque en toda la extensión de la tierra no existe otro que se le parezca! Ese ser se ha entregado a vosotros, crea con vosotros esa unión misteriosa que se llama el Amor. Sus ojos os parecen más vastos que el espacio, más fascinantes que el mundo, esos ojos claros donde sonríe la ternura. Ese ser os ama. Cuando os habla, su voz derrama una oleada de felicidad. ¡Y de golpe desaparece! ¡Piensen! Desaparece no solo para ustedes, sino para siempre. Está muerto. ¿Comprenden esta palabra? Nunca, nunca, nunca, en ninguna parte volverá a existir ese ser. Nunca esos ojos mirarán ya nada; nunca esa voz, nunca una voz semejante, entre todas las voces humanas, pronunciará de la misma forma una siquiera de las palabras que pronunciaba la suya. Nunca ningún rostro volverá a nacer semejante al suyo.

¡Jamás, jamás! Se guardan los moldes de las estatuas; se conservan las marcas que permiten reconstruir los objetos con los mismos contornos y los mismos colores. Pero ese cuerpo y esa cara nunca volverán a reaparecer sobre la tierra. Y sin embargo nacerán millares de criaturas, millones, miles de millones, y mucho más aún, y entre todas las mujeres futuras ésa no volverá a renacer.
¿Es posible? Pensando en ello, uno se vuelve loco.

Ha vivido veinte años, no más, y ha desaparecido para siempre, para siempre, para siempre. Ella pensaba, sonreía, me amaba. Nada más. Las moscas que mueren en otoño son tantas como nosotros en la creación. Nada más. Y yo pensaba que su cuerpo, su cuerpo fresco, cálido, tan dulce, tan blanco, tan hermoso, iba a pudrirse en el fondo de un ataúd bajo tierra. Y su alma, su pensamiento, su amor, adónde? ¡No volver a verla! ¡No volver a verla! Me atormentaba la idea de ese cuerpo descompuesto que, sin embargo, acaso yo pudiera reconocer. ¡Y quise contemplarlo una vez más!

Así pues, el día de autos, salí con una azada, una linterna y un martillo. Salté la tapia del cementerio. Encontré el agujero de su tumba; aún no lo habían tapado por completo. Descubrí el féretro. Y levanté una tabla. Un olor abominable, el aliento infame de las putrefacciones subió hasta mi cara. ¡Abrí sin embargo el ataúd, y hundí dentro mi linterna encendida, y la vi. Vi como su piel pálida reflejaba a la perfección ese brillo branquiazul de la Luna . Sus ojos oscuros como la noche misma me miraban desde el más allá, y la amaba, la amaba como una madre amá a su hijo, como un amante a su compañero, como el fuego a las llamas. Pero la muerte la mantenía prisionera condenandola a su luz fría y plateada, alejándola de mí y de la luz del sol, la que oprimía su corazón para que no palpitara... la que había devorado sus ojos convirtiendo en esferas vacias lo que una vez habían sido sus hermosos ojos... pero la amaba porque aunque no pudiera verla porque la muerte me la había arrebatado, aunque ya no podia rozar su perfecta piel, mi alma y mi vida estaban atado a ella, al igual que el día está atado a la noche...

Toda la noche la cobijé y guardé entre mis brazos, como se guarda el perfume de una mujer tras una intensa noche de amor, como se guarda un abrzo amoroso, aunque ya tan solo fuera aroma inmundo de aquella podedoumbre, era y será siempre el aroma de mi amada... fue justo cuando la abrazaba cuando me detuvieron... solo me queda decirles para terminar antes de que me condenen, que la amaba... y que siempre estará a mi lado.

Juán Lucas.




object height="385" width="480">