domingo, abril 11, 2010

AMOR ES DOLOR II

Sin alterarse, lentamente, con voz algo velada, baja al principio y que poco a poco fue subiendo de tono, este joven, alto, moreno, de cara franca, rasgos enérgicos y mirada audaz, se dirigió al público que llenaba la sala que no dejaba de gritarle e insultarle. Él, sin inmutarse, sin mostrar en su rostro la más mínima mueca de odio o cualquier otro sentimiento que pudiera manifestar como se encontraba animicamente, con voz cada vez más grave y casi, porque no decirlo, sensual, dirigiendo su vista hacia el lugar donde se sentaban los hombres y mujeres que habrían de juzgarlo dijo:

—Señor presidente, »Señores jurados:


Tengo muy poco que decir. La mujer cuya tumba violé había sido mi amante. La amaba. La amaba no con un amor sensual, no con una simple ternura de alma y corazón, sino con un amor absoluto, completo, con pasión desesperada. Escúchenme pues y, luego condenen mi pecado si así lo creen justo.

Cuando la conocí, cuando mis ojos la vieron por primera vez, sentí una sensación extraña. No, no fue sorpresa ni admiración, no fue lo que se llama un flechazo, sino un sentimiento de bienestar delicioso, como si me hubieran metido en un baño de agua tibia después de que mi cuerpo hubiese sufrido de congelación. Sus gestos me seducían, su voz me fascinaba, al mirarla toda su persona provocaba en mí un placer infinito. Me parecía además que la conocía hacía mucho, que ya la había visto. Llevaba en ella un no sé qué de mi propio espíritu. Me parecía una especie de respuesta a un llamamiento lanzado por mi alma, a ese llamada vaga y continuada que lanzamos a la Esperanza durante todo el curso de nuestra vida. Y ocurrió, si ocurrió, cada vez quería verla con más y más asiduedad, ya no podía pasar ni un solo día sin contemplarla, sin mirarla y el solo pensamiento de volver a verla, de poder hablarle y disfrutar de su voz y de su sonrisa, me turbaba de un modo exquisito y profundo. Su sola presencia, el solo contemplarla
derramaba en mis ojos una alegría frenética, me daba deseos de correr, de bailar, de rodar por el suelo.

Y que decir cuando sentía el contacto de su piel sobre la mía, esto me suponía tal delicia, que antes nunca lo hubiera imaginado, sentirla era el placer mas excitante y desinhibido que jamása hubiera sentido, era una entrega total, sin reservas ni condiciones

Así pues se convirtió en mi amante. Fue más que eso, fue mi vida misma. Y no esperaba nada más en la tierra, no deseaba nada, nada más. No anhelaba nada más que estar con ella hasta el resto de mis días...

Juan Lucas.



domingo, abril 04, 2010

AMOR ES DOLOR.

El día ha muerto!
¡Que silencio tan doloroso es el que hacen los muertos!


AMOR ES DOLOR


En aquella madrugada del 17 de Julio de 1.893, Julian, el guarda de uno de los Campos santos de Madrid, descansaba como hacía cada noche en el pequeño pabellón acondicionado para él. Dicho pabellón se hallaba situado en el extremo Norte de quel cementerio de San Miguel alejado de donde se encontraban los lujosos mausoleos donde ocurría lo que le sacó de lo que hasta ese momento era una noche tranquila y sin sobresaltos.


Serían aproximadamente las 2 de la madrugada cuando fue despertado de su duermevelas por los ladridos de su perro que se encontraba en la entrada de aquel pequeño habitáculo. Con sigilo y porque no decirlo con algo de miedo, se encontraba en el campo de los muertos, observó como el animal olfateaba por debajo de la puerta y ladraba con furia; como si algún ladrón, algún animal o cualquier otro ser estuviese merodeando alrededor de donde él se encontraba.

Julian, sin dudarlo se dirigió hacía el armario donde guardaba su escopeta, la cogió, miró que estuviese cargada y con precaución abrió la puerta y salió al exterior. No le dió tiempo a coger a su perro, este, nada mas vio que la puerta se entreabría, salio corriendo en dirección al panteón situado en el solar llamado del General, llamado así, por encontrarse en este lugar los restos de un famoso militar victorioso de mil batallas. El animal no paró hasta llegar al mausoleo de la señora Paula. Avanzando entonces con precaución, Julian, vislumbró enseguida una lucecita que brillaba en este lugar que antes he mencionado. Como si en una batalla se encontrará, agachado y sin formar el más mínimo ruído se deslizó entre las tumbas hasta quedar lo más cerca posible de aquella luz que brillaba en la inmesa oscuridad de la noche. Lo que vio le lleno de estupor, de algo que le hizo temblar y no por miedo, sino por lo horrible acto de profanación que veían sus ojos:

Un hombre había desenterrado el cadaver de una mujer joven sepultada en vísperas y la sacaba en esos precisos momentos de la tumba. La luz que tanto asustó y llamó la atención de Julián, era una pequeña linterna sorda, colocada sobre un montón de tierra, que alumbraba aquella escena repugnante. Julian no lo dudo, se lanzó sobre aquel miserable, lo derribó, le ató las manos y lo condujo al puesto de policía.


El detenido se llamaba Wilmeir, joven abogado de la ciudad, rico, bien considerado y de buena familia. El sargento Bernardo fue el encargado de tomarle declaración y ponerlo en manos del ministerio fiscal que, no dudo ni por un momento en juzgar los actos monstruosos que habían conmocionado a una ciudad que como todas las ciudades había ido creando una leyenda sobre el profanador del cementerio de San Miguel.

Durante su traslado al tribunal, escalofrios de indignación recorrían la multitud. Al entrar en el juzgado, mientras se sentaba el magistrado, estallaron gritos de:


«¡A muerte! ¡A muerte!» Al presidente del tribunal le costó gran esfuerzo que se restableciera el silencio. Luego dijo en tono grave:


—Acusado, ¿qué tiene usted que decir en su defensa? Wilmeir, que no había querido abogado, se puso entonces de pie...
Juan Lucas.