lunes, agosto 10, 2009

Parte VI (algo por lo que luchar)

Garuaba y por el aspecto que tenía el oscuro cielo no parecía que fuese a parar aquella suave llovizna que iba cubriendo, pintando con colores húmedos las calles de Lima y, que lograba de forma casi mágica que todo fuese tomando un aspecto acerado. Garuaba y actuaban aquellas livianas gotas sobre la memoria de Juan igual que pinceles de pintor abstracto, trazando sobre su mente con trazos gruesos y oscuro todos los recuerdos vividos en este espacio de tiempo y que que tantos cambios habían producido en su vida. Garuaba aquel domingo de Julio, y la garúa dejaba en Juan un sabor meláncolico, nostálgico, de colores tristes y siniestros, presagio de lo que sería el final de toda aquella historia de entrega y amor que como mariposa de un día terminaría dentro de pocas horas sin saberlo él, al igual que no sabe dicha mariposa de lo efímero y levedad de su vida y, el amor, a veces es tan breve y pasajero como la vida de esa mariposa, demasiado efímero, al menos este que se narra en esta historia.

Aún así, a pesar de este gusto a remargo que le provocaba la llovizna, sus recuerdos y la ausencia de ella, su estado anímico era agradable, puesto que mientras esperaba a la amiga de Diana, la que iba a ser su acompañante durante todo el día y tomaba otro café saboreándolo de la misma forma que saborea un condenado a muerte su último cigarrillo, dejaba transcurrir lentamente el tiempo, permitiendo que los recuerdos le invadieran, notando como por sus labios resbalaban suavemente las pequeñas gotas del café de la misma forma que resbalaban sobre los cristales de las ventanas las gotas de llovizna que en esos momentos mojaban las calles de Lima, gotas de café que después de resbalar de sus labios, se deslizaban dentro de su boca entreabierta donde morían, creándose de esta forma una extraña simbiosis entre ese gusto que le dejaba el sabor amargo de este brevaje y la triste y sombría mañana del exterior, simbiosis que le permitía penetrar en el interior de la niebla que en esos momentos lo envolvia todo, y así, de esta forma y sin saber como, ahora era él, el que hacía llover y sus ojos eran el cielo por donde la alegria, la nostalgia... miles de sentimientos pasaban de la misma forma que pasa el agua que lleva un rio, de la misma forma que se marchita una flor al poco tiempo de ser cortada, y esta extraña sensación que en estos momentos sentía, hacía que su corazón palpitara de la misma forma que palpitó cuando se sumergió en los besos, en las caricias, en los brazos de aquella mujer, y transportaba su cuerpo, su espíritu, su alma, sus deseos , sus ganas hasta un lugar lejano de la ciudad, a aquel lugar donde ahora se debía encontrar ella, para permanecer de esta forma juntos de la misma forma que lo estuvieron la noche pasada, fundidos en aquellos abrazos, en aquellos besos, igual que el cielo y el mar se fusionan allá en el horizonte, hasta tal punto que nadie puede diferenciar quién es quién, cual es cual.

El sonido de las puertas del bar donde se encontraba al abrirse le rescataron de los recuerdos y de esta agradable sensación en la que se encontraba desde no sabía cuanto tiempo. Sintió frío, debía de haber hecho caso a su intuición y coger el abrigo, pero ya era tarde para rectificar, y la verdad se dijo, quizás para darse ánimos, el frío no era tanto. De manera instintiva míró hacia la puerta y no pudo evitar dar un salto que le hizo levantarse como un resorte de la silla donde permanecía sentado, su sorpresa fue mayúscula, pues por esas puertas que se abrieron, no entró la amiga de Diana, sino que era ella la que entraba, estaba nerviosa, ilusionada y alegre a un tiempo, tal vez se debía a la noticia que el destino había decidido que él nunca llegara a saber. Llegó hasta donde él se encontraba, le besó dulcemente y al sentir dicho beso, Juan, notó como un escalofrío le recorría la espalda.

- ¿Que te pasó? preguntó Juan al verla tan inquieta.

- Nada respondió ella. Tan sólo que te extrañaba, contestó, dejando escapar una pequeña sonrisa.

Juan, se acercó hasta ella, bajó el tono de su voz que se convirtió en un leve susurro y acercando su cabeza a la de ella le dijo:

- Nunca vi a una chica tan bonita como tú.

La tarde tomó un nuevo color, él la cogió de la mano, ella la tomó con fuerza como presintiendo que si le soltaba le perdería para siempre, y sin temor al frío, a la garúa que en esos momentos caía, disfrutando de esta mutua compañia que ambos se brindaban sus labios volvierón a unirse de nuevo de forma desesperada, besándose de la misma forma como quien tiene sed y debe saciar dicha necesidad sino quiere morir. Sus manos, la de Juan, volvieron a acariciar nuevamente su suave cuerpo, su cintura; mientras que ella enredaba sus dedos en el pelo de él mientras besaba aquellos labios que tanto placer le causaba. Sus cuerpos no podían evitar el aproximarse el uno al otro, el acercarse cada vez más. Y sin saber como, de nuevo se tenían el uno al otro derrochando dulzura y besos... parecía un sueño, sueño del que ambos no tendrían mas remedio que despertar.

Juan Lucas.


miércoles, agosto 05, 2009

Parte V (Algo por lo que luchar)

Era temprano, la niebla de la ciudad de Lima seguía sin dejar entrar la luz y la claridad del sol a la que Juan estaba acostubrando presagiando un día triste y gris, apagado, sin colores... Durante un largo rato estuvo contemplando desde el ventanal de la habitación donde se hospedaba todo lo que acontecía a su alrededor como queriendo impregnarse de todo aquello que durante días iba a ser lo que viera y lo que viviera. Parecía cansado, tal vez fuera porque llevaba ya algunas horas despierto y había olvidado comer. Pero sus ojos, los ojos de Juan, irradiaban una gran serenidad, una gran paz interior, serenidad y paz que conseguía recordando el perfil de aquella mujer por el cual parecían deslizarse un sinfín de estrellas que le daban un hermoso color plateado a su rostro, y aquellos destellos que desprendía sus bellos cabellos negros que ahora caían sobre la almohada y que le hechizaban, consiguiendo así en él, esa sensación de bienestar y sociego que le llegaba hasta el corazón logrando calmar, de esta forma, cualquier otro pensamiento o inquietud que tratara en esos momentos de turbar su espíritu.

Se apartó del ventanal en la que se encontraba y se acercó hasta aquel mueble que, hacía a la vez de mesa de noche, tocador y un sin fín de menesteres más y donde había dejado su reloj la noche anterior, reloj, que aún marcaba la hora local del lugar de donde no hacía aún ni un día completo había llegado. Hizo pues un pequeño cálculo mental y dedujo que aquí, donde se encontraba ahora no debían ser mas de las seis y media de la mañana, ¿que hacer? -se preguntó- No deseaba entrar en la cama para descansar, no deseaba dormir, su cuerpo y su mente estaban demasiado excitado para hacerlo y, sabía que si entraba de nuevo a aquel lecho sería para volver a hacer el amor a aquella esplendida mujer que allí descansaba ahora. Algo en su interior le decía que no debía hacerlo, que debía por ahora dejarla dormir, descansar, que aunque la deseaba como nunca había deseado a nadie, lo mas conveniente era dejar que pasaran las horas para comprobar que no había sido tan solo una atracción física, un deseo incontenible e irrefrenable entre dos seres dominados en esos instantes en que ocurrió todo, por un mismo sentimiento de tristeza y soledad, debía pues dejar ahora ese deseo de hacerle el amor de nuevo, para así poder comprobar si lo que creía sentir en esos momentos hacia ella era lo que pensaba y deseba que fuera.

A pesar de todos estos pensamientos que bullían en su mente igual que un remolino, no pudo evitar acercase hasta ella despació, sin formar el más mínimo ruído y, sentarse a su lado, atraido por su belleza igual que un imán atrae el hierro. Sus dedos, al igual que si estuvieran gobernados por una fuerza superior, no pudieron dejar de dirigirse hacia sus pezones, pezones que al sentir tal roce endurecieron como diamantes, y sus labios, los labios de Juan, de la misma manera que antes hicieran sus dedos, de forma instintiva y automática, se posaron sobre aquellos labios rojos que se entreabrían igual que fruto maduro y que tan poderosamente seguían llamando su atención. Quiso darle un beso profundo, como los de la noche anterior, pero la placidez con la que descansaba, la paz y la felicidad que irradiaba su sueño, le hizo reprimir aquel agudo deseo que latía en su interior de volver a hacerlo; decidió pues no pertubar aquel momento en que, imaginó el alma de ella se impregnaba de los mejores momentos de la noche pasada y, con la misma lentitud que anteriormente se acercó hasta ella, se levantó y se dirigió hacia el baño dispuesto a tomar una ducha caliente, vestirse y bajar al comedor del hotel a tomar su desayuno, eso sí, claro, si el comedor estaba abierto a tan temprana horas. Venciendo pues el deseo de volver a hacerla suya, tomó su ducha diaría. Escogió la ropa que iba a llevar aquel día, algo que no fuera muy llamativo aunque si elegante, ya que quería conocer aquellos lugares, aquellas rutas, al que no entran nunca los clásicos turistas, por considerarlas poco seguras y peligrosas. Eligió pues, una camisa color crema de mangas largas, jeans de color casi blanco debido a los muchos lavados que había recibido y unos mocasines de color crema que hacian juego con su camisa.

Ya preparado, abrió la puerta del baño y al dirigir la vista hacia el lugar donde se encontraba la cama, vio ya despierta a Diana y como esta, estiraba su cuerpo en aquel lugar donde se habían amado.
- Hummmm. Buenos días. -Dijo Diana con voz cálida y sensual.

- Buenos días - respondió- Juan. Sin poder dejar de mirarla con ojos de deseo.

Ella, que había despertado no hacía mucho de su plácido descanso, casi seguro que en esos diez minutos que Juan empleó en su aseo diario, (esa afición Juan lo descubriría días más tarde) se había quedado echada tranquilamente escuchando la televisíon, puesto que no la miraba, sus ojos le miraban a él, y le miraban como solo saben hacerlo las mujeres enamoradas y en su cara, en sus gestos se reflejaban el bienestar, el extasis, sentido algunas horas antes cuando los brazos de Juan la rodearon, de cuando sus labios le besaron hasta hacerla tocar el cielo con los dedos. Dudaba, incluso, de que alguien hubiera podido o pudiera sentir tanta paz y felicidad como en ese momento sentía ella.

- ¿Me acompañarás al restaurante a desayunar?
- No, debo irme, me ducharé rápido y me iré, tengo que hacer - respondió ella - .Pero vendrá mi amiga y te enseñará los lugares mas típicos de la ciudad.

Aquellas palabras sorprendieron a Juan, le dejaron perplejo, sin habla. No cabía en su cabeza que ella se fuera, que le dejara sin más solo en aquella ciudad de la cual desconocía todo, pensaba que después de la noche pasada nada en el mundo haría que se alejase de él. Bajó su cabeza y sin mediar palabra bajó al restaurante, mientras pensaba en lo ilógico, en lo poco inusual de la decisión de Diana. En el bar, nada desayuno, solo tomo un café y esperó que bajará. Cuando pasado unos veinte minutos se presentó ante él, Juan, pudo comprobar que su rostro había cambiado, volvía a ser la chica de semblante serio y triste, la chica que lo guardaba todo en su interior... Le acompañó hasta la cabina telefónica más cercana para que realizara aquella llamada, se apartó de ella mientras lo hacía y esto, le impidió ver como una sonrisa iluminó fuzgamente su cara al mirarlo, mientras que unas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Cuando terminó su conversación, se dirigió hasta donde estaba Juan, lo abrazó con fuerza y sin más entró en un taxí mientra maldecía al tiempo que con tanta rapidez pasaba. Juan, tan solo esbozó una sonrisa fingida mientras la veía marcharse no sabía donde.

Juan Lucas.