miércoles, julio 29, 2009

Algo por lo que luchar IV

Quizás fue aquel mágico momento del amanecer, quizás el deseo que ardía en el interior de ambos desde la primera vez que se vieron... no lo sé, ni creo, la verdad, que nadie pueda explicar como los labios de él fueron a posarse sobre los labios de ella, que al igual que clavel que se abre en jueves santo en las calles y plazas de Andalucía para perfumar las mágicas noches de Semana Santa, se abrieron para dejar en la boca de Juan el más maravilloso de los gustos, el mejor y mas exquisitos de los placeres que jamás hubiese desgustado.

No hicieron faltas palabras, el roce de sus cuerpos fue el mejor de los idiomas. Cogió su mano y juntos caminaron hacia el hotel donde se encontraba la habitación donde Juan se hospedería durante el tiempo que habría de permanecer en Lima... ella se dejó llevar. Una vez allí, volvió a besar aquellos labios rojos con pasión desenfrenda, y mientras sus manos recorrían aquella hermosa y suave piel palmo a palmo notó como su cuerpo temblaba de excitación, mientras que al suyo, aquel roce de piel contra piel, le hacía estremecer. La turgencia de aquellos pequeños pechos que recorrían sus manos y su lengua le hacían enloquecer, la humedad empapaba sus cuerpos y les llevaba al delirio en un ritmo acompaginado y frenético. Todo era perfecto: su pelo negro y brillante, aquel rostro suave y arteciopelado, el brillo de su piel, su tez morena, la mirada de placer que Juan advertía en ella mientras la poseía, esa forma pausada de hacerle el amor que hacia que sus cuerpos se acoplaran sin dejar ningún resquicio entre ellos como si el destino los hubiera forjado para aquella perfecta unión que ahora se realizaba, le convertían en la mujer más actrativa que nunca hubiera visto. La temperatura de aquel lugar contrastaba con la atmósfera fría que reinaba fuera de ella, sentía cada vez con más intensidad el calor de aquel cuerpo rodeando el suyo. Con fuerza pero con ternura la giró y, con los labios entreabiertos busco su lengua, lengua, que minutos mas tarde recorrería todos los rincones de su cuerpo, mientras que los dientes de ella mordían sin cesar su cara, sus hombros... arráncandole gemidos de dolor y de placer. Una descarga, un orgasmo como hasta entonces no habían sentido, les hizo temblar a ambos, el cuerpo de ella se unió al suyo iniciando un leve balanceo que hacia que unas veces se acercara más y otras se alejará, mientras sus piernas rodeaban su cintura, para que sus cuerpos latieran al unísono en una desconocida locura, a la vez que su boca susurraba:

- No quiero salgas de mí.

Pasado unas horas, Juan que no dormía, salió de la cama y se quedó mirándola fijamente. Ella aún estaba dormida y sonreía... se frotó los ojos, quería estar seguro de que aquello no había sido un sueño, tocó su pelo, acarició sus manos y comprobó que no, que no había sido un sueño, allí estaba ella, allí estaba aquella preciosa mujer, no era su imaginación, era totalmente real y tangible. Se acercó a ella, y la besó con delicadeza para no turbar su sueño mientras le susurraba al oído:

- ¡Dios, QUE BONITA ERES!

Apartándose por un momento de ella, se dirigió hacia el ventanal que daba a la calle donde ya un hervidero de coches reclamaban a los clientes con sus ruidos atronadores y la claridad del día hacía que la noche se retirara vencida. Juan, no pudo dejar de pensar en que:

El destino pues, les había preparado sin ellos saberlo aquella noche mágica, única e inolvidable.
Juan Lucas.




martes, julio 28, 2009

Algo por lo que luchar III

Y fue en este preciso momento en que la dicha y la felicidad embargaban a Juan y que le hacía parecer estar en otro mundo, en este momento en el que el ruído de los automóviles que rugían al pasar al lado de ambos y que no hacían mas que soltar estridentes pitidos sin dejarles ni tan siquiera poder hablar, en este momento en que la atmósfera de la tarde-noche de Lima y el bullicio de las gentes que corrían sin ir a ninguna parte parecían envolverlo, cuando creyó ver por primera vez como una sonrisa iluminaba la cara de Diana al ver esta (Diana), su desconcierto ante tanto alboroto y bullicio y que le hacia parecer un títere que solo se movía si ella le cogía de la mano. Fue entonces, al notar que aquella situación de desasosiego e inquietud que experimentaba le hacía sonreir, que le hizo pensar era el momento idoneo romper el hielo, para ir conociendo un poco a aquella mujer preciosa, maravillosa y hermosa que sin dudar se ocultaba bajo aquel halo de tristeza y melancolía, bajo aquella dura e impermeable coraza que no dejaban ver a nadie, al igual que ocurre con las nubes que no dejan ver la hermosura del firmamento, la belleza que habitaba en su interior.

- Entremos aquí, - le dijo Diana- seguro que es un buen lugar para cenar.

El restaurante elegido, aún no sé si fue el azar o el olor de que de allí salía el que les llevó hasta él, era un lugar de los muchos que se pueden encontrar por la populosa y transitada avenida principal de Lima, la que da a la famosa plaza de armas. Avenida llena de tiendas, vendedores ambulantes, cambistas y un sin fin de seres variopintos que pululan por dicha calle tanto a la caza del turista ingenuo como a la del limeño que, también ingenuamente, cree encontrar una ganga allá donde no la hay. Este, era un local de los cientos y cientos que se pueden encontrar en la populosa Lima, lugar o local, donde no hay lujos, pero si comida - no sé si de buena o mala calidad- pero que te llena el estómago y te sacia el hambre durante unas horas, lugar donde la música suena sin parar y la gente entra y sale tan pronto llenan sus hambrientas tripas... lugar no apto para entablar una conversación, pero sí, para poder observar desde tu mesa la constante ida y venida de gente de distintas formas y carácteres, lugar en definitiva para poder entrar en el corazón y en el espíritu de tu acompañante sin que este se de cuenta de que así lo haces.

Y así fue, que Juan la fue observando mientras ella comía y él no probaba bocado, debido más que nada a su aún descontrol horario, como era la vida y la gente de aquella ciudad a la cual había llegado no hacia ni tan siquiera un par de horas. Fueron pasando las horas sin apenas darse cuenta y sin esperarlo, la noche se fue cerrando de la misma forma que se iban cerrando los ojos de los transeuntes y comensales que momentos antes transitaban y llenaban dicha avenida, y, como era hombre que conocía los recodos del alma humana y sabía de la alegría y el gozo, de la alegría y la desesperanza, aún sin preguntar nada, la observaba atentamente sin que ella se diera la menor cuenta, a aquella entrañable y maravillosa criatura que le acompañaba mientras que en su mente, no dejaba de preguntarse que podía haber acontecido en la vida de aquella joven mujer para que los mismos ojos que miraba aquella noche y que ahora irradiaban alegría, hubiesen estando durante largo tiempo tristes y semicerrados...
¿ fue quizás que sus mejores amigas la habían dejado sola cuando más la necesitaba? ¿o, quizás aquellos ojos se ponían triste cada vez que se cruzaban con aquellos otros que pertenecían a quien en otros tiempo dijo ser el hombre que le amaba?

Aquellas preguntas martilleaban en su mente cuando ya de amanecida salieron del restaurante donde había pasado las horas observando el rostro de aquella mujer que tanto y tanto llamaba su atención y a pesar de que había intentando hacer un esquema en su mente de lo que le podía haber ocurrido, de intentar descubrir el porqué de la tristeza que embargaba aquella noble y hermosa alma, no pudo más que desistir hasta otro momento para descubrir tan alto secreto que a igual que el mayor de los tesoros, guardaba en su alma su bella acompañante.

Salieron de aquel lugar ya de amanecida... sus ojos vieron a lo lejos, donde la línea del horizonte se confunde con el confín del mundo, como algunos rayos de sol querían entrar por entre la espesa persiana de niebla que a aquellas altas horas de la madrugada cubren la ciudad limeña. Habían estado juntos casi toda la noche, y ella, aquella chiquilla de pelo negro y ojos como tizones encendidos, le miraba como nunca antes le había mirado ninguna otra mujer, como nunca hasta ese momento él se diera cuenta lo había hecho nadie, y él, Juan, hombre seguro de si mismo hasta ese preciso momento, tan solo fue capaz de mirar a un lado y a otro, pues no podía creerse lo que le estaba sucediendo y fue entonces, cuando al notar como la mano de aquella chiquilla tomaba la suya, cuando sintió que un rio de sangre bañaba su cuerpo agitando sus entrañas con la fuerza del mil huracanes y la suavidad de los pétalos de miles de rosas.
Juan Lucas.

jueves, julio 23, 2009

Algo por lo que luchar II

El aire de Lima era fresco a estas horas, el taxista que a ambos llevaba hacia el centro de la ciudad trataba de ser amable y explicaba al "viajero" el motivo de la tardanza en llegar:
- "Es el momento de mayor transito" decía.

Juan, que así se llama el viajero, no decía nada. Todo para él era nuevo, desconocido, y, más aún después de casí un día complento de estar en aeropuertos y aviones. Su desconcierto, su desasosiego, su inquietud... era grande, tan grande, que de lo que único que se daba cuenta era de aquella hermosa música que sonaba en la radio del taxista y que días más tarde oiría en casí todos los vehículos que tomaba para su desplazamiento, y que la gente de aquel lugar llaman valses. Canción cuya letra quedó en su mente y que dice así:

Te estoy buscando, porque mis labios extrañan
tus besos de fuego.
Te estoy llamando, y en mis palabras
tan tristes mi voz es un ruego.
Te necesito, porque mi vida sin verte
no tiene sentido y van
y van por el mundo mis pasos perdidos,
buscando el camino de tu comprensión.
Apiádate de mi, si tienes corazón,
escucha en sus latidos la voz de mi dolor.

//Pero regresa, para llenar el vacío
que dejaste al irte, regresa, regresa
aunque sea para despedirte,
no dejes que muera sin decirte adios//

te estoy buscando..

Con esta letra, con esta música, llegarón al lugar donde Juan habría de pasar unos días. El taxista ayudó a descargar el equipaje y Diana, guió hasta la recepción del hotel a Juan.
- Espero en el hall - dijo Diana- mientras Juan subía a la habitación. Una vez allí, volvió a mirar aquella ciudad que tan extraña le parecía, se sentó en el borde de la cama y apoyando sus manos en sus rodillas murmuró:
- Esto es una locura. No debería haber venido.

Sobreponiendose a este pensamiento, y pensando en que aquella chica le esperaba en el hall, se aseó rápidamente, se cambio de ropa y bajó hasta el lugar donde se encontraba Diana.

- Buenas noches. Las ocho ya. Creo que es hora de cenar - dijo Juan. Ella, Diana, tan solo asintió y colocándose al lado de Juan le guió por aquellas calles que ella también conocía y que para él eran igual que un laberinto. Y mientras caminaba junto a aquella chiquilla, por aquellos lugares, Juan observó ya con claridad y nitidez que las historias que había imaginado quedaron atrás, ahora las vivía realmente, en su propia carne. Veía a las gente tal y como eran, oía la música, sentía el olor que de las casas de comida invadían todos los rincones, y sin que ninguno de los dos se diera cuenta, entre ambos, se fue creando una burbuja que hacía que nada alrededor de ellos existiera ni importara... Juan incluso dudaba, de que alguien hubiera podido o pudiera nunca sentir tanta paz y felicidad como sentía en estos momentos mientras caminaba al lado de su "amiga".

Juan Lucas.






martes, julio 21, 2009

Algo por lo que luchar.

Para Diana.

.... Amor, dulce palabra; parace que fue hecha
para entrar, como el éter, doquier se abre una brecha.
"Amor", dicen los astros; "Amor" responde el cielo.
En los aires los buscan las aves con su vuelo,
en los mares lo esconden las conchas nacaradas;
en la tierra, los hombres; en los cuentos de hada.
"Amor", dice la sombra; "Amor", dice la luz;
y "Amor" gritan abriéndose los brazos de la cruz...


I

"Lo trágico de la vida de los hombres estriba, frecuentemente, en no saber esperar".
Friedrich W. Nietzche.

Amanecía, era el mes de Julio. Aunque en Lima en este mes no suele aparecer mucho el sol, pues la niebla persistente le impide hacerlo, aquella mañana los rayos de sol consiguieron hacer un pequeño agujerito por el que entrar y acariciar el cabello de Diana.

Diana, no es una chica común, el marrón de sus ojos hipnotiza a cualquiera que los miré y su piel tan suave, no parece humana. Su pelo, negro azabache, y su eterna sonrisa la hacen ser una chica especial. A menudo se sienta sola, a escuchar música, otras, creo, observa la vida a traves de las ventanas de sus ojos mientras sueña despierta y no reacciona cuando se le habla. Siempre o casi siempre está en silencio y con expresión expectante, como anhelando que cualquier cosa maravillosa ocurra. No obstante, su vida en casa de su madre es divertida, gracias entre otras cosas a sus dos hermosos perritos. Ellos, creo, en mas de una ocasión le hacen curvar los labios en una franca sonrisa, por otra parte, pienso que estos dos animalitos la quieren mas que a ninguna otra persona que conozcan.

Pues si amigos, aquella mañana del mes de Julio, Diana, al igual que en días anteriores casi de madrugada salió de casa para realizar sus tareas, parecía iba a ser un día mas, otro día gris y monótono... pero lo que no sabía Dianita, es que nunca un día se repite, al igual que nunca se repite un verano, jamás, nunca, se repite lo que ya hemos vivido... porque cada día, cada momento, tiene algo que lo diferencia del otro y ese algo en muchas ocasiones se llama "Amor". Locura llaman algunos a este sentimiento; conversaciones, caricias, besos, abrazos... le llaman otros. Yo me quedo con lo de locura, porque no hay locuras más hermosas que las que hacemos por un amor, aunque este sea efímero y este condenando a acabarse, aunque sean amores con fecha de caducidad... más, no hay amor más intenso que aquel que nace y muere sin haber conocido el hastio, el aburrimiento, la rutina...

Y es por esto que dije antes, que ocurrió esta historia que ahora narró, y empezó en el bus, mientras Diana, escuchaba sus canciones y su mente volaba fuera de allí como en otras muchas ocasiones pensando en como sería el "viajero" que iba a recoger con su amiga dentro de unas horas en el aeropuerto y que venía de un país lejano, muy lejano. Debía ser como muchos otros "extraños" que tan solo venían a su país en busca de aventuras exoticas.
Las dudas desaparecieron al cabo de unas horas, ya noche cuando por la puerta de salida de pasajeros vio de soslayo a ese "viajero" . De un vistazo, comprobó que era alto, y que su cara, aunque hermosa, resumaba cierta tristeza, aire de señor le pareció, acostumbrado al mando y a ocupar alto puesto. Con todo, aún sin decidirse a levantar los ojos y mirarle, de soslayo, se fijó en como era. Diana se sintió encogida y llena de confusión, y aunque el "viajero" se mostraba agradecido y le decía cosas halagüeñas, que por el hechizo de su voz lo parecían más; ella, turbada, no sabía que hacer ni decir, así que se dio prisa en buscar un taxi y buscar al viajero una habitación donde se recogiese a pasar aquella noche...

Juan Lucas.