domingo, abril 05, 2009

La rosa roja II

Y aquella noche, cuando la Alhambra se iba vistiendo de luna y el viento fresco de la Sierra bajaba hasta el Generalife atraido por la hermosura de sus flores, aquella noche clara de verano en que nuestro pequeño ruiseñor se entretenía oyendo los cientos de surtidores que al saltar y brincar sobre el agua parecían ser sones de arpas y violines, aquella noche, donde la vida brotaba por doquier entre rosas, jazmines y madreselvas, apareció la mas hermosa, la más bonita... Única, blanca, hermosa; tanto que la luna, la fuente, la nieve de la Sierra Nevada al verla envidiaban su belleza, su blancura, su textura, su aroma... Bella y liviana, más aún que los vapores de los baños termales que subían hasta los techos decorados por mil y un estuco para hacerlos aún más bellos con sus dulces caricias, tan vaporosa que los cortesanos que paseaban aquella noche por los jardines ataviados con sus trajes repletos de ricos bordados en oro sentían celos de tan hermoso y simple traje que la cubría rodeando con asombro a aquella celestial criatura, solícitos y atentos tan solo, para poder contemplar la delicadeza y belleza que aquel ser emanaba.

Pero lo que nadie sabía, lo que ninguno de aquellos cortesanos podía sospechar, era que aquella deslumbrate y hermosa flor que sin avisar apareció aquella noche en los jardines, tenía ya dueño, sí, era suya, solo suya... era de nuestro pequeño ruiseñor, pues nació de aquel arbusto de hojas verdes del cual el pequeño pajarillo se había enamorado, y este, aquel arbusto en el que antes nadie había reparado, aquel arbusto que mustio y triste moría día a día, noche a noche en la orilla del pequeño arroyo olvidado para corresponder a dicho amor había obsequiado al pequeño pajarito con lo mejor y más bello que podía darle, un fruto blanco y único, un fruto nacido del amor puro y limpio:

La mas hermosa rosa blanca que jamás en el universo se viera.

Y cantó, cantó nuestra avecilla aquella noche como nunca antes lo había hecho, fue un canto maravilloso pues justo en aquel momento en que contemplaba tal belleza, supo que se había realizado su sueño, sueño por el que había esperado lo que para él era todo una vida, sueño por el que había soportado fríos e intensos inviernos, cálidas tardes de veranos donde hasta el cantar era todo un tormento e incluso, las burlas de otros congéneres que revoloteaban a su alredor gritándole que inutilmente perdía su tiempo, que nada se podía esperar de un arbusto mustio y seco... más aquel fruto, aquella maravilla, era su rencompensa a su fe, a su confianza en que algún día de aquel amor surgiera lo que aquella noche de luna, de verano, había nacido para de este modo dejar ver toda la hermosura que en aquel tronco que parecía seco y sin vida había guardado, fruto que era una muestra de lo bello que en su interior había. Y él, solo él, era su dueño, para nadie más se habia abierto aquella hermosa flor. Pensó en aquel momento, mientras que de su garganta brotaban lo más bellos gorgeos y trinos, mientras pensaba que nada ni nadie podría nublar ya su felicidad. Pero todo aquel encanto, todo aquel hechizo que envolvía aquella mágica noche quedó roto cuando el ruiseñor observó como el joven enamorado se dejaba caer sobre la alfombra verde del jardín mientras se cubría la cara con sus manos y lloraba.


Juan Lucas.

miércoles, abril 01, 2009

La rosa roja I

En cualquier lugar del mundo todos los atardeceres son bellos, pero, dicen aquellos que han visto una puesta de sol desde la Alhambra que no hay atardeceres como estos que aquí ocurren, que la tonalidad del cielo granadino visto desde la torre de la Vela o desde cualquier otro lugar de este palacio, es incomparable e inigualable... y aquí, en Granada, en la Alhambra, en unos de estos atardaceres únicos y maravillosos es donde empieza la historia que voy a narrarles y que ocurrió allá por el siglo XV, poco antes de que el último reino árabe de la península tocara a su fin.

La rosa roja I

Sentado en el Generalife, mirando como se ponía el sol allá por el oeste y acurrucado por el murmullo del agua fresca y cristalina que desde la Sierra Nevada baja hasta la Alhambra un joven de pelo negro y tez bronceada lloraba sin consuelo mientras se maldecía y golpeaba su pecho repitiendo sin cesar:

- Si encontrara una sola rosa roja sé que me entregaría su amor, prometió que así sería, dijo que si conseguía llevarle una rosa de ese color sería para siempre mía. Pero no hay ni una sola en todo el universo que tengan ese tonalidad.

¡¡Ohhh sabio Profeta!! ¿Por qué ha de depender mi felicidad de algo tan insignificante como una flor?

He leído cuanto han escrito los sabios de todo el imperio sobre como crear nuevas y vistosas flores; poseo todos los secretos de la filosofía, tengo en mi jardín rosas de mil colores y encuentro que mi vida esta destrozada por carecer de una rosa roja... flor que jamás podrá florecer en jardín alguno -gritaba el joven- mientras sus bellos ojos se llenaban de lágrimas.

Mientras así se quejaba el joven enamorado, un pequeño y alegre ruiseñor que como todas las noches cantaba bellas historias de amor a las estrellas y a un arbusto de bellas hojas verdes que se elevaba cerca de unos de los arroyos de aquel bello y frondoso jardín y, del cual sin saber por que, se había sentido atraido, sintió una pena inmensa al contemplar como aquel bello joven de cabellera oscura como la flor del jacinto y de labios rojos como la rosa que deseaba, se tornaba pálido como el marfil y el dolor se iba marcando en su frente.

La pequeña avecilla, tratando de mitigar el dolor que aquel joven transpiraba y, dejando por un momento a su amado arbusto se acerco lo mas posible hasta él, abrió el pico y trinó alegremente para cantar de alegría. Pues todo ruiseñor, no importa que esté hambriento o cansado, es un maestro en el arte de la música. Su canto maravilloso y único; aquellos trinos que de su garganta brotaban tan bellos, tan melodiosos, hacian que hasta el mismo viento que bajaba de la sierra, se detuvira en los jardines de la Alhambra durante un tiempo para así quedar impregnado de tan bella melodía, más ni aquel maravilloso canto lograba apagar la pena que al parecer invadía el corazón del joven que mirando al pequeño ruiseñor le decía:

-Mi corazón está vacío y no sirve para nada. ¿Para que quiere vivir si no es deseado por esa bellla mujer que me tiene cautivado?

El califa da un gran baile mañana por la noche, y mi amada asistirá a la fiesta. Si consiguiera para entonces esa rosa roja, la tendré entre mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará ningún caso. No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón.

Juan Lucas.