lunes, octubre 22, 2007

No basta.

jueves, octubre 18, 2007

Ayer y hoy IV

Y aquella maravillosa, plancetera y emocionante sensación se apoderaba de mí más y más.
- ¿Qué era aquello que me ocurría? ¿A quién había pertenecido aquella hermosa trenza de cabello? ¿Qué tragedias o aventuras escondía? ¿Quién y porqué los había cortado? ¿Odios... celos... amores tan intenso que van más allá de la eternidad? ¿Qué guardaba, qué encerraba'
Estas y otras cientos de preguntas corroían mi mente cada vez con mas virulencia. Y lo que turbaba aún más mi paz, lo que me hacía enloquecer cada día más y más era el sentir fluir entre mis dedos cada vez que acariciaba aquellos hermosos cabellos el deseo, el dolor, la rabia de no poder mostrar a todos a aquella hermosa mujer de antaño. Pues loco o cuerdo ya no sabía como me encontraba, cada vez que tocaba aquella mata de pelo, notaba como ella acariciaba mi piel con una caricia singular, y me sentía conmovido como si fuera a llorar y una fuerza irresistible me hacía mantenerla largo tiempo entre mis manos hasta que cobraba vida entre estas, hasta que se movían como si una parte del alma de aquella singular mujer se hubiera quedado escondida eternamente en aquellos cabellos, y me resistía una y otra vez a devolverla al lugar de donde la saqué, de ponerla sobre aquella cajita de fondo aterciopelado ya descolorido por el paso del tiempo.
Si salía a las calles sin ella, recorría estas preso de la meláncolía y de la tristeza. Vagaba totalmente desconcertado, tan desconcertado como si hubiese recibido en cada calle, en cada esquina, un beso de amor de aquella mujer, como si en cada beso que recibiera de ella se me fuera a trozos la razón y la vida. Estaba y no digo ya me parecía, en otro tiempo, vivía en el mismo tiempo en que había vivido aquella mujer. No podía permanecer lejos de casa. Volvía rapídamente a ella con el deseo irresistible de volver a sentir de nuevo las caricias de aquella trenza. La cogía entre mis manos, la acariciaba sintiendo al hacerlo un placer tan intenso que hacia estremecer mi cuerpo entero; sentía un deseo irresistible de volver a ver mi extraño hallazgo; y lo cogía de nuevo, y sentía, al tocarla, un largo escalofrío que no solo estremecía mi cuerpo, sino también mi alma. Necesitaba verla y tocarla cada vez con mas ansias, con mas premura, con mas intensidad.
Giraba pues lo más rápido posible la llave que abría mi casa, y con la misma emoción, con la misma pasión e ilusión que tiene el amante cuando abre la puerta que le conduce hasta el aposento de su amada, sentía en mi corazón, en mis manos una necesidad singular, continua, sensual de bañar mi cuerpo en aquel perfume embrigador de cabellos sin vida y, no se asombren pues cuando acababa de acariciarlos, cuando de nuevo los depositaba en aquel cajón, seguía sintiendo sobre mi piel sus caricias, como si el alma de aquella mujer hubiese quedado prisionera en aquella mata de pelo; y la sentía y la deseaba y la soñaba una y otra vez. Y sin poder refrenarme volvía a tomarla del lugar donde la habia dejado para volver a tocarla, a excitarme con su dulce y frío tacto, con su placer irritante, enloquecedor, delicioso.
Y así estuve dos, tres meses, no lo sé. Tan solo sé que su presencia me atormentaba, me aturdia. Y que mientras más me atormentaba, más la necesitaba, ¡sí! la necesitaba para ser feliz. Y torturado o infeliz, cuerdo o loco al igual que hacen y harán aquellos amantes que saben se aman , la esperaba cada noche en mi habitación, pues al abrazar su cabellera, aquella hermosa y ya para mí viva cabellera sentía el cuerpo de su dueña sobre mi piel, como hundía mis labios en los de ella, como mordía sus rosados y erectos pezones, como con su mata de pelo pelirrojo se enroscaba sobre mi rostro, ahogaba mi respiración, cerraba mis ojos con aquel resplandor dorado, para hacerme ver el día, el tiempo a través de ella.
¡¡¡Dios como la amaba!!! ¡¡¡Sí, la amaba!!!
Y no me importa me llamen loco, me encierren para siempre entre cuatro paredes, no puedo estar sin ella ni un minuto, no puedo vivir sin verla, sin tocarla. Y la espero... la espero cada día, cada noche, aunque no sepa en realidad que es a lo que espero, tan solo es ella, extraña emoción que se apodera de mí.
Por fin puedo ahora contestar a la pregunta que me hacia cada vez que sentía como sus besos me excitaban y me hacían desfallecer de felicidad, cada vez que la poseía al igual que se posee a una amante:
- ¿Regresan los muertos?
¡Sí, si regresan! Pues ella vino hasta mí. Sí, la he sentido, la he tenido entre mis brazos, la he hecho mía tal y como era cuando estaba viva. Cada noche sabiendo la esperaba, se hacia presente con su larga caballera roja, sus senos fríos, sus caderas en forma de hermosa lira; y después con mis manos que inventaban mil caricias recorría esa línea ondeante y divina que va desde la garganta hasta los pies siguiendo todas las curvas de su carne.
La he tenido, ¡Sí! Dias y noches. Había vuelto, había regresado la bella, la adorable, la misteriosa, la desconocida mujer de antaño.

Juan Lucas.

lunes, octubre 08, 2007

Ayer y hoy III

Día tras día, noche tras noche no hacía otra cosa que pensar en la dueña de aquel hermoso objeto que ahora en mi poder estaba. No dormía, no comía, ni tan siquiera salía como hacía antes a las subastas de objetos antiguos... nada me interasaba más que saber como sería aquella mujer que poseyó el reloj, que tuvo entre sus manos, entre sus tejidos blandos, suaves, almidonados aquel objeto donde dejó impregnado su ser para mi tormento.
Sería el destino, los hados o que así estaba escrito, pero algo me empujó a salir de casa aquel día, después de casi un mes sin pisar la calle. Era una mañana soleada de otoño, caminaba sin prisas, vagabundeaba por las calles con la vista perdida y el caminar de un paseante ocioso. El viejo reloj daba vueltas en mis manos. De pronto, vi una tienda de antigüedades que nunca antes había visto, y en esa tienda un mueble del siglo XVI, no sabía de que estilo era, pero si que era hermosísimo y con adornos muy parecidos a los relieves del reloj. Por un momento pensé que podían haber pertenecido a la misma mujer, a la misma que fuera dueña del reloj.
Sin dudarlo entré a aquel lugar y pregunté al vendedor por su precio. Mucho me pidió por él, con la excusa de que era un ejemplar único que había pertenecido a una condesa italiana, condesa me dijo, que seducía con su mirada, que turbaba con su sola precensia.
No le hizo falta a aquel vendedor de antigüedades insitir mucho sobre la historia de aquel mueble y las virtudes de su dueña para convencerme de que me lo llevará, pues su sola presencia me tentaba a hacerlo mío
"¡La tentación ese algo tan singular! Ese algo que poco a poco, nos seduce, nos turba, nos invade como lo hace un bello rostro de mujer. Su encanto entra en nosotros; extraño encanto que dependiendo de los que nos tiente, tiene forma propia, color y, hasta su fisonomía propia que nos enamora; y nada más verlo, ya lo amamos, lo deseamos, lo queremos. Una necesidad de posesión nos invade, una necesidad que aunque parezca débil y tímida al principio, crece a los pocos segundos haciéndose violenta e irresistible. Y los hombres y mujeres que nos observan adivinan en la llama de nuestras miradas, de los que tenemos esa tentación, el deseo secreto y creciente de poseer ese objeto o ese ser. Es por eso, que inmediatamente compré el mueble e hice que me lo llevaran a casa, poniéndolo en mi habitación.
Una vez colocado dicho mueble en mi habitación y con el reloj quemándome como nunca antes lo había hecho en mis carnes, como si aquel objeto inerte, sin vida presintiese, notase que en aquel lugar se encontraba la esencia de la mujer que una vez lo acarició, con una fuerza para mí sobrehumana me empujaba a acariciarlo en primer lugar con la mirada, para terminar al final, acariciándolo con mis manos como si de un ser vivo se tratase, como si en vez de ser un objeto de madera fuese aquella mujer de antaño que recobrase sus prietas y deseosas carne, su voluptuosidad, su erotismo... Su tic-tac era más fuerte de lo que hasta entonces lo había sido, tan atroz era su sonido que no me permitía dormir y así, nada más echarme en la cama, me levantaba de ella todo sobresaltado, y sin poder refrenarme me sentaba con él en mis manos al lado de aquel mueble que ahora sin dudar sabía habían pertenecido a la misma mujer. Si salía a la calle, su recuerdo vivo me seguía, por todos los lados; y cuando llegaba a casa, antes incluso de quitarme los guantes o el sombrero, con mi corazón desbocado corría a contemprarlo con la ternura del amante.
Decidí no volver a salir de casa hasta descubrir el secreto que sabía guardaba aquel mueble. Pasaba las horas abriendo en todo momento sus puertas, sus cajones, lo tocaba excitado, extasiado, disfrutaba con todo placer, como si de acariciar a una amante se tratara, disfrutaba de todos los placeres íntimos de la posesión...
Una noche, abatido y terriblemente cansado, abrí un cajón para depositar allí el reloj, para de esta manera no oír su frenético tic-tac y poder dormir aunque fuese una sola noche (llevaba ya muchas sin poder hacerlo). Al introducir mi mano en aquel cajoncito, palpé el espesor de un panel que hasta entonces no había notado, de inmediato supe que aquel espesor era el lugar secreto que durante largo tiempo había estado buscando, aquel lugar donde intuía estaría el secreto que atormentaba mi espíritu, que enloquecía mi mente. Al empezar a abrirlo, los latidos de mi corazón se aceleraron y me pasé la noche buscando el resorte, la hendidura que pudiera abrirlo sin llegar a descubrirlo. Lo conseguí al día siguiente, al introducir la hoja de una navaja en una hendidura del entablado.
Una plancha se deslizó y percibí, extendida sobre un fondo de terciopelo negro, una hermosa cajita. Al abrirla pude ver que en su interior guardaba un carta amarillenta y un maravilloso trozo de cabello.
¡Sí, una trenza de cabellos rubios, casi pelirrojos y entrelazados con una cuerda de oro!
Con sumo cuídado para no romper la carta, que desgatada se hallaba por el tiempo, la abrí. Allí, una bella letra, sin duda femenina había escrito:
- "El pasado me atrae, el presente me asusta porque el futuro es muerte". Y proseguía de la siguiente manera:
Lamento todo lo que se ha hecho, lloro por todos los que han vivido; quisiera detener el tiempo, detener las horas. Pero ellas pasan, se van y me quitan segundo tras segundo un poco de mí para la nada de mañana. Y no volveré a vivir nunca más. La belleza, el amor, las caricias... deberían ser eterno. Soy mujer de otro tiempo cuyos brazos se abrieron para el beso, para el amor, para ese beso que es inmortal, que va de boca en boca, de siglo en siglo, de edad en edad; beso que recogen los hombres, que dan los hombres, besos que no mueren".
Al leer aquello me quedé aturdido, temblando...
¿Qué pudo sucederle a aquella mujer para escribir aquello? ¿Qué terrible dolor o profundo amor le había causado tan hondos sentimientos?
Más mis inquietudes, mis sobresaltos, no debían quedarse tan solo ahí, pues cual no sería mi sorpresa, cuando al tocar aquella trenza de pelo, un perfume casi insensible, tan antiguo que parecía ser el alma de un olor, se escapó de él.
Atudirdo, embriado, loco, cogí entre mis manos despacio, religiosamente aquella trenza de pelo y la acerqué hasta mi cara. Fue entonces cuando se liberó aquel inmeso placer que me poseyó, derramándose en mí como un torrente que me lanzó al más maravilloso, ligero, agil y brillante placer, al más intenso de los orgasmo que en mi vida hubiera gozado, al mismo tiempo que algo en mi interior se quemaba como se quema la cola de fuego de un cometa.

Juan Lucas.

lunes, octubre 01, 2007

Ayer y hoy II

Al ver mi extrañeza y mis ganas de preguntar el porqué se encontraba en tan terrible trance aquel hombre el médico que acompañaba mi visita a aquel siniestro lugar me dijo:
—Tiene unos terribles arrebatos de furor; es uno de los dementes más peculiares que he visto. Aún no sabemos que tiene, ya ve que no habla, que no reacciona ante ningún estímulo, tan solo conocemos de él lo que dejó escrito en un diario que consigo traía el día que hasta acá lo trajeron. A través de lo escrito en esas hojas, tratamos de diagnosticar que enfermedad corroe su espíritu y es tan solo a través de ellas, por así decirlo, que su locura se hace palpable, pues ha podido comprobar en que situación tan lamentable se encuentra actualmente.

Una vez terminada mi visita a las distintas celdas del manicomio, sin prestar atención a ninguna más después de haber visto la de aquel hombre, seguí al doctor hasta su despacho. Este viendo que aún me sentía impactado por lo acontecido en la celda donde se encontraba aquel pobre ser me dijo:

- Si le interesa, puede leer sus escritos. Y me entregó una carpeta en cuyo interior estaba reflejado los hechos que convirtieron a a aquel individuo que antes vi, en un hombre solo y desamparado. Dándole las gracias por su atención, me apresuré a salir de aquel terrible y patético lugar que si por mí hubiera sido habría hecho desaparecer de la faz de la tierra.

Despúes de varias horas de conducción durante las cuales no pude apartar de mi la imagen de aquel pobre hombre llegué a casa. Durante largo rato estuve bajo la ducha para alejar de mi cuerpo el olor que a mi parecer había dejado impregnado en mi piel aquel lugar de muerte y desolación. Una vez terminado el baño, me puse lo más cómodo posible, me servi un coñac doble y encendí un cigarro. Me dirigí hasta el sofá y ya un poco más tranquilo y sosegado empecé a leer lo que contenía aquel cuardeno; la historia de aquel hombre comenzaba así:

«Yo vivía feliz, la vida para mí era sencillísima, generosa y fácil debido a que poesía una buena posición económica, se podía decir en una palabra que era rico, nada me preocupaba y no sentía deseo por ninguna cosa en concreto. ¡Es estupendo vivir! me decía: me despierto feliz cada día, hago lo que me gusta y al llegar la noche me acuesto sastifecho y contento, con la seguridad de que el mañana me seguiría dando un futuro sin preocupaciones.

Hasta los veinticinco años, momento en que cambio mi vida, nunca me había enamorado, había tenido sí, amantes, aunque nunca mi corazón se sintió enloquecido por el deseo o mi alma herida por eso que llamaban amor; después de haber hecho mía a la mujer que pretendía, volvía a casa diciéndome:

- Los que aman deben experimentar una felicidad apasionada, pero prefiero vivir como hasta ahora, sin lazos ni ataduras. No imaginaba por aquel tiempo que ese amor del que hasta entonces había huido e incluso me había burlado habría de llegar a mí de una manera increible.

Debido a mi buena situación económica, pasaba la mayor parte del tiempo buscando muebles antiguos y objetos de otras épocas; muebles y objetos que una vez en mi poder me hacian pensar en manos y cuerpos desconocidos que lo habían palpado, en ojos que los habían admirados, en corazones que lo habían querido. A menudo, a solas en mi museo particular, me preguntaba: ¿por qué se quieren las cosas? Cierto día cayó en mi poder un pequeño reloj del siglo pasado, era una verdadera joya, con su esmalte y su oro trabajado y, lo más curioso de todo, lo que más poderosamente llamó mi atención, era que seguía funcionando como el primer día en que debió comprarlo su dueña, pues de un reloj femenino se trataba. Debía de mantener en su interior pensé el encanto, la ternura, el amor de esa mujer que con cariño lo lució, pues desde hacía un siglo no había dejado de latir, de vivir su vida mecánica, había seguido con su tic-tac regular desde aquella época tan lejana.

Aunque ahora si lo entiendo, por aquel entonces no, cada día me veía en la obligación de coger aquel pequeño reloj, de acariciarlo entre mis manos, e incluso la llama del amor y del pasión se encendía en mí al pensar en quién habría sido la primera en llevarlo sobre su pecho, en sentir su frío roce contra su calida piel, en notar el tic-tac del reloj junto a latir de su corazón, mi imaginación me llevaba a pensar en sus manos, en sus dedos frágiles y suaves acaricando una y otra vez ambas caras del reloj y limpiando luego los relieves repujados en él, empañados unos segundos por el trasudor de su piel, mi ya creo locura me hacían ver unos hermosos ojos que acechaban con impaciencia la hora esperada en la esfera florida, la hora querida, la hora divina.

Aquel objeto me estaba poseyendo, pues deseaba cada vez con mas pasión, con más ardor, conocer, ver a aquella mujer que había elegido tan exquisito objeto, ¡pero estaba muerta! y a pesar de eso ¡la amaba! Amaba su belleza, sus sonrisas, sus caricias y esperanzas.
Juan Lucas.