martes, mayo 29, 2007

La derrota no existe.

La derrota no existe.
Y si no es ni tan siquiera una sensación, menos aún será nunca una realidad.
La derrota no existe, no la dejemos pues entre en nuestra alma, en nuestra mente, en nuestro espíritu.
Si alguna vez se sienten derrotados, observen el mar, observen como vuelve una y otra vez a besar la playa, nunca se da por vencido, nunca. Puede que a veces le vean gris y verde por la ira de no poder llegar hasta la arena que impaciente le aguarda, no vayan a pensar por ello que fue vencido, derrotado por el "comandante de turno". Pues si vuelven al cabo de un rato, lo verán interminable, alto, con cabrillas de espuma y olas que no teme los acantilados de granito, ni a los traicioneros arrecifes que como cuchillos cortantes esperan que su bravura pase sobre ellos. Y así el océano crece una y otra vez, unas veces por su propia voluntad, otras gracias a la fuerza vital de los vientos, a la niebla que se pega a ras en la quilla de los barcos, de la lluvia que le levanta la piel y el alma, gracias a todo esto a como dije antes a si mismo, sea como fuere fijense que no se deja derrotar.
¿Y que hacemos nosotros?
No igual que el océano. no. Nosotros, nos dejamos hacer prisoneros de nosotros mismos, nos dejamos vencer, derrotar y transformamos nuestras vidas en una cárcel de herrumbre, en la última batalla de una guerra estúpida, innecesaria donde no ganamos nada pues dejamos al final de esa batalla nuestra alma vomitando enfermedad, destrozada por la nostalgia, indeferente al dolor y a la sangre derramada por otros.

¿Quiénes ganan, quienes salen triunfates de esta batalla?
¿El amor, la tristeza, la soledad, el llanto, la opresión, el silencio, el recorte de libertades, los llamados padres de la patria, los que en nombre del pueblo se apoderan de sus bienes...?

Pobres vencedores, no saben que ellos, por sí solos, sin nuestra ayuda, jamás hubieran ganado una sola cota, ni un minúsculo cerro de nosotros. Pues si al igual que el oceáno no hubiesemos dejado que la derrota nos invadiese, ni la luz, ni la ventisca hubiesen estado nunca al lado de estos que nos vencieron, porque creímos, debido a que ya nos dimos por vencidos, que sus brazos eran y son más fuerte que los nuestros.
¡Que equivocados estamos amigos míos! pues esos brazos, los suyos son mochos y lechosos, crudos, torpes; en cambio los nuestros son, blancos, largos, palpitando de vida, lleno de venas azules y nobles, defensores de la libertad, del amor, de la esperanza...

Quizá todavía sea posible resurgir.
Apuremos la sopa de coles aunque esté fría y rancia. Ignoremos los gritos de pánico que retumban en nuestros oídos y no nos dejan avanzar. Tengamos la fuerza suficiente para acariciar el borde de nuestros vasos, aunque esto sean de latón y nos corten los labios al beber de ellos, alzemos la vista sobre las trincheras y miremos al horizonte bajo las lentes sucias, manchadas por nuestras lágrimas de resignación.
Si lo hacemos así, si nos levantamos, seremos capaces de desafiar, de escupir al paso de los "sargentuchos" salidos de la madriguera. Volver a soñar veletas en movimiento, observar de nuevo el brillo de viejos trozos de plata en la pupila de los pájaros, confiar en que un golpe de aire apague el dolor que nos embarga y reavive el fuego de nuestros ojos, de nuestra alma, de nuestro cuerpo.
Resurgir.
Resurgir como un pueblo recién nacido, con una fe limpia. Sin ídolos, sin coroneles, sin comandantes polícromos y comidos por la carcoma del pasado. Resurgir incluso por encima de los recuerdos, del calor-cobijo que un día unos labios nos dejaron.
Resurgir, volver a ser mar ilimitado, derribar los santurarios, las aguilas sin corazón, las estrellas que lucen en sus boínas los comandantes.
Resurgir para convertir la amargura, los yermos de los campos desiertos en verdor boreal, en cordilleras de mil colores, en amapolas rojas que vayan rompiendo a cada paso, tras su sombra, la monotonía de la nieve blanca que estos vencedores nos quisieron imponer.


Este escrito pretende ser tan solo un grito de esperanza para todos aquellos seres humanos, que en cualquier parte del mundo son privados de sus derechos fundamentales.
Un grito contra los "nuevos dictadores" que como hongos están brotando por doquier enarbolando la bandera del populismo, contra los que roban a sus pueblos hasta el derecho a la libertad de expresión.
Es tan solo tranmitir a estos hombres y mujeres de estos lugares del mundo que la la derrota no existe.


Juan Lucas.

viernes, mayo 25, 2007

A un paso de la dicha (Final)

Solo los pasos del camarero que acude a servir a la pareja de amantes y el ruido de un automóvil que pasa veloz tronando la calle con su estrepito rompen el silencio de esta hora de la noche.
Noche, donde los andenes solitarios de las calles están iluminados con carteles de películas porno, anuncios de sedantes y de bonitos dormitorios para parejas recien casadas.
Noche, donde un joven con su vejiga llena de cerveza, con una gorra de colores y pantalón bombacho mea sin contemplaciones contra la pared, noche en la que una chica de pelo rojo y pantalón de cuero lía un porro en el último escalón.
Donde la mendiga que duerme todas las noches en la boca del andén entre cartones empieza a bajar las escaleras, es su hora de dormir...
Todo ocurre durante el breve tiempo en que el poeta que narra su historia ha vuelto a encerrarse en si mismo, a sumergirse en sus hondos y profundos recuerdos... envuelto en el licor y el olor a marihuana que lentamente ha ido oprimiendo tanto su cerebro como el mío y así, mientras el sigue en su mundo, envuelto en una nube de soledad, yo respirando también ese humo, ese licor no dejo de decirme:
- El sueño de toda la vida de este hombre se vino abajo.
¡Cuántos años de lucha, de anhelo y de inquietud encerrrados en un nombre de mujer!
¡Cuánta veces se diría aquello de voy a ser feliz!
Incluso lo imagino temblado, con un terrible remordiento de conciencia, si acaso llegó en alguna ocasión por amor hacia ella a ocultar su verdadera identidad, si acaso intentó alguna vez en convertirse en el rancio "pergamino" que su padre deseaba para ella.
No he acabado ni tan siquiera estos pensamientos, cuando bruscamente, como un empujado por un resorte el poeta, como si hubiese leído mis pensamientos, se pone de pie.
Su cara está totalmente desencajada y los ojos parecen querer salirse de sus orbitas. Mirando a todos los allí presente dice:
- Una mañana desapareció de la ciudad la amante de mi amigo, la mujer que amaba. Inútiles todos sus pesquisas, sus ruegos, sus sobornos a los empleados de la casa que quedaron en el antiguo caserón lleno de frío y de tristeza después de la marcha de ella; nadie sabía una palabra, tan solo repetían la misma historia aprendida:
- "El señor se ha marchado con la señorita sin decir a donde"... esto decían todos mientras lanzaban una mirada compasiva al desventurado amante.
La cara del narrador va palideciendo más y más, su labios tiemblan sin poder remediarlo, su semblante de por sí duro parece talla de piedra mientras dice:
- Mi amigo ni se suicidó ni se volvió loco. Gota a gota, voluptuosamente, bebió hasta consumirlo el cáliz de su amargura; si una mano compasiva hubiese intentando apartarlo de su boca, de seguro la hubiera rechazado, más no ocurrió así. Un día notó que no sufría.
"Ya no tengo alma" me dijo. El infeliz reía... He aquí amigo mío, lo que hace la horizontal.
Pero, cómo ¿os entristecéis? ¡No, por Dios ¡Riamos!
Una carcajada horrible abortaron los labios del bohemio. Y, los que lo miraban entonces pudieron observar que lloraba como un niño.

A quien pueda interesar:

No he podido dar el final feliz que deseaban pues, después de esa noche, me di cuenta de que estaba al igual que el poeta, que el bohemio que narraba su historia tan enganchado a la misma "horizontal", como lo está un niño a su lengua materna, tan engachado a un nombre de mujer, como el òvulo fecundado al útero materno.


Juan Lucas.

lunes, mayo 21, 2007

A un paso de la dicha II

El joven poeta interrumpió durante un momento su narración, pues en aquel preciso instante todos o casi todos los contertulios que le oían habían vuelto sus miradas hacía la puerta intrigados por ver quien la había abierto de golpe. Cuando la claridad que entraba de la calle dio paso a la tenue oscuridad del lugar, todos vieron que se trataba del vendedor de lotería que cada día, bien por la mañana o por la tarde como ocurría ahora, se pasaba por el café, para como el decía repartir la suerte.
Debido a este acontecimiento, pienso que tan solo yo que no quitaba vista a aquel joven, pude ver enjugar maquinalmente una lágrima que amenazaba rodar por su pálida mejilla.
Una vez que pudieron comprobar quien había entrado al viejo café, cada cual volvió a su anterior quehacer: las parejas a su amor clandestino, el camarero a leer un viejo y amarillento periódico y los contertulios de este hombre a prestar de nuevo atención a lo que estaba contando.
- ... Un día toda la felicidad de los enamorados desapareció como un sueño. Arrancada de cuajo por una mano fiera, aquella planta de hondas raíces dejó despedazados los corazones en que había crecido.
- ¿Quién hizo esto? Pregunté en voz alta desde el lugar donde me encontraba. ¿Quién pudo destruir tan hermoso encuentro de estas dos almas?
El poeta, con ojos hundidos y tez amarillenta, me miró y con voz quebrada dijo:
- La horizontal.
-¿La horizontal? Puedes explicarte, le pedí.
- Acércate a este lugar amigo, acércate hasta acá ya que te veo interesado por esta historia, acércate e invítame a una copa, pues como puedes comprobar esta que tengo en la mano debe haberse vaciado antes de que me diese cuenta.
Así lo hice. Me senté en la mesa donde se encontraba este hombre y le pedí al camarero volviese a llenar su copa.
Una vez llena y tomando de ella un largo trago prosiguió diciendo:
- La novia de mi amigo era una criatura angelical, digna por todos lo conceptos de ser dichosa; pero había una cosa que se oponía a ello, y la llevaba en las venas, un virus mortal enemigo de su ventura: la sangre aristócratica que según su familia había heredado poco más o menos que de Don Pelayo.
Pertenecía a una elevada clase social, hija de una familia influyente y rica. Su padre un todopodero industrial, gran empresario que se codeaba con lo más selecto de la sociedad y, como era natural quería casar a su hija con un "pergamino" tan rancio como él. Para aquel "blasón" viviente, resto de épocas de reyes, duques e hidalgos..., la pasión de la joven por mi amigo era un pecado abominable; su matrimonio, un crimen de lesa progenie.
¡¡¡Jamás!!! ¡¡¡Jamás habría boda!!!

Pausadamente, con voz cascada, cansado de cantar las horas día tras día, semana tras semana, mes tras mes... el reloj del local anunció las doce de la noche. Las palmas de una pareja de amantes clandestinos despertaron al camarero que daba cabezada en su rincón soñando con toda seguridad con su destartalada aunque seguro cómoda cama.
- ¡Vaaaaaaa!!! grito.


Juan Lucas.

sábado, mayo 19, 2007

A un paso de la dicha.

"No, no me vayan a decir que lo de la lucha de clases es cosa del siglo XIX, no me vayan a tildar de "populista" pues no persigo ningún sillón ni cargo público, ni piensen que lo que a continuación os digo versa sobre un tratado filosófico-político para cambiar con él la sociedad actual, tan solo quiero reflejar con mis palabras lo que creo que muchos pensamos pero callamos... pues todos sabemos que la sociedad en que vivimos nos tiene encasillados, catalogados dentro de determinadas especies o clases al igual que los objetos de un museo o los géneros de una gran superficie y yo, por supuesto también estoy dentro de ese catálogo.
Si un individuo de "alta cuna", "género de primera clase", se permite enamorarse de una mujer de clase inferior o viceversa, la sociedad que nos colecciona, no condenará esa pasión, pero se opondrá a que "degenere" en algo más que una aventura, ya que sino fuera así, esto traería consigo una confusión pertubardora al buen regimen establecido. Esta bueno que amemos, pero siempre que nuestro amor describa una trayectoria horizontal".

De esta manera hablaba el otro día un joven poeta ante sus amigos en el viejo cafe que frecuento.
Café viejo y oscuro situado en un antiguo local que permanece desierto durante el día y apenas frecuentado de noche, alejado del centro, de la bulliciosa urbe, café que si lo visitan algún día, nada más lo vean les hará pensar en la ruina de su dueño y en citas de amor y crimen.
Dejé por un momento mi pluma sobre la mesa del caf
é que me sirve de escritorio al oír aquellas palabras y, puse toda mi atención a lo que decía aquel poeta que permanecía sentado unas mesas más allá hundido en un asiento de color rojo y que con su cabeza inclinada apuraraba su copa, mientras pasaba su pálida y flaca mano por su desordenada caballera... mientras miraba de reojo antes de hundirse nuevamente en su asiento, el lugar donde se encontraba, lugar dominado por el silencio y el amor clandestinos que se regalaban varias parejas mientras hablaban en voz baja.
- ¿Quién conoce a las almas? ¿Quién las clasifica? Dijo en voz alta.
Amigos, nadie es capaz de dominar su vuelo; libres como las águilas vagan por el infinito y, cuando se encuentran, cuando se comprenden, cuando se aman, cuando se confunden, cuando se besan... aunque se hayan aborrecido anteriormente en el antiguo lugar donde habitaban, en este nuevo templo, en este nuevo cuerpo, son hermanas, y a pesar de que una hubiera sido de una reina y la otra de un mendigo ya no importa la clase ni la poseción, pues al igual que las flores necesitan agua y luz, ellas necesitan amor para poder seguir viviendo.
Yo tuve un amigo - una sonrisa helada se desvaneció en los labios de nuestro poeta al pronunciar estas palabras - que amó mucho, ¡mucho!, como creo que no haya amado nadie sobre la tierra; porque amar bien y por entero no es cosa de todos los corazones...
Aquel amor era correspondido - continuó diciendo - fuego por fuego, ¡dulcísimo Talión que enloquecía de felicidad a mi pobre amigo! ¿Ella? ¿Quién era ella? Todos la conocéis, porque seguro que habéis contemplado las virgenes de Murillo. Cuando mi amigo la vio por vez primera, era una encantadora colegiala del "Sagrado Corazón".
Aquella pasión saltó como una chispa: verse y amarse, el encuentro dichoso de dos almas hermanas que se buscaban sin conocerse. Creadas por Dios para contemplarse, para fundirse, habían vagado largos años por el infinito y, cuando al fin se encontraron, el amor surgió dulce y mansamente, como la sonrisa evocada por un bello recuerdo. Por eso, a mi amigo le parecía haberla amado siempre. Un día...


Por esta noche amigos no quiero seguir pensando... mañana quizá sea la última noche en que escucharé la voz de este poeta que me seguirá narrando como la sociedad nos obliga a amar de forma horizontal.



Juan Lucas.

miércoles, mayo 16, 2007

La espera.

Llevo ya muchos días sin escribir, sin ideas, sin que las palabras me lleguen a la boca.
Días en que las ideas surcan como un relámpago el borrascoso cielo de mis pensamientos desatando en mi cerebro una tormenta terrible. Días en los que un escalofrío que no puedo describir rasga mis entrañas con el acerado filo del cuchillo del miedo.
Me digo:
- No hay nada que temer, todo está bajo control.
Las ideas siguen sin acudir a mi mente, de un salto me levantó, y al igual que preso en su celda, cuento los pasos de pared a pared: unos, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... ¡Siete pasos de una tabique a otro! Vuelvo a hacer lo mismo una y mil veces, mientras un sudor helado va levantando una muralla entre la camisa y mi piel... sigo contando siete... siete veces siete.... setenta veces siete...
Debo alejar esta angustia que pesa sobre mi cual espada de Damocles... Ah, si haré un juego jugaré a encontrar una compañia que logre atenuar la soledad agobiante que me envuelve... y, ¡ y la encuentro, la encuentro de repente en un hombre que imita mis movimientos desde el rectángulo de un espejo enmarcado en un viejo trozo de madera que está al fondo de la habitación... le conozco me digo a mi mismo, le he visto antes, en muchas ocasiones.
Tiene figura de ciprés: alto, delgado, elegante...
Sus ojos oscuros brillan sobre un rostro moreno en el que poco a poco la pálidez han ido tiñiéndo del color de las cenizas.
La nariz intento ser aguileña, pero se quedó tan solo en el intento, no sé, quizá así fuera mejor...
Los labios poco prominentes aunque recios, como si los hubiese curtido el cristal de las copas en noches y sombras de casinos y tugurios... noches de sexo arrebatadamente entregado y noches de caricias pagadas... noches, al fin, en las que la luna fue enmarañando sus hilos de tiza entre sus cabellos negros.
¡No estás tan mal, Juan , le digo ... ¡No estás tan mal! ...
El espejo devuelve una irónica sonrisa con lívidos destellos de esperanza. Y esa sonrisa me devuelve la ilusión, me devuelve las ganas, y me digo:
- Ya pasaste por este trance muchas veces y bueno, mejor o peor, de todos saliste airoso. Siempre supiste aprovechar ese arte que tienes para fingir, para disimular, para engañar... y fijate, aquí estás, sobreviviendo, prosperando, escalando la montaña de las ambiciones con la mirada fija en la cima. Pero, ahora, no se porqué motivo me parece que se oculta un peligro, una amenaza... quizá el presagio de un fracaso, de una condena a la oscuridad perpetua.
Cansado dejo caer mi cuerpo sobre el sillón oscuro que me sirve de cama, respiro profundamente y cuelgo mis pensamientos en la nube de los recuerdos y de repente, me encuentro con una suave brisa que orea mis pensamientos y que me dice:
- Deja de torturate, apacigua este desasosiego. Al fin y al cabo todo está previsto, escrito en las estrellas, minuciosamente preparado y estudiado. No dejaron los dioses cabos sueltos, nada ha quedado al azar, nada, así que no espero clemencia, esa clemencia que se otorga al bisoño principiante, tampoco voy a apelar a la misericordia con que se juzgan los errores de quienes caminan hacia el declive de sus vidas, hoy no quiero matices, además no los habrá entre la gloria o la condena, hoy será un juego a cara o cruz... y la moneda ya está en el aire, y aunque algunos digan que todo cambiará ... yo tan solo decir que nunca antes me enfrenté a esta lluvia de miradas en soledad, y que mientras avanzo hacia la oscuridad, con ojos ciegos buscando el alma de ese personaje que creo aún vive en mi interior, solo acierto a encontrar sombras que susurran a mi paso:
¡¡¡Cuántos años han pasado desde entonces!!!

Juan Lucas.

martes, mayo 08, 2007

Crisálidas y Plañideras.

En relación con la política, la mayor parte de los ciudadanos de este país donde vivo (perdón de antemano si alguien se sintiera ofendido) hacemos vida de crisálidas: nos encerramos en nuestros saquitos de seda al igual que las ninfas de los insectos.
Dicho de otra manera nos quedamos metidos en nuestras casas sin preocuparnos por los asuntos públicos de los lugares donde habitamos que tan directamente nos afectan dándoles la misma importancia, que pudieran darle los habitantes de la luna.
Parece que nadie quiere darse cuenta de que, junto a la casita donde se ha recluido, está la del vecino, y que, pegada a la del vecino, hay otra y después otra, y así muchas que forman un pueblo. Observamos indiferentes - si es que llegamos ni tan siquiera a observar - las maniobras de los "conductores" de la aldea, del pueblo, de la ciudad.., y si es que no nos afecta a nosotros su mala conducción (que por supuesto nos afecta siempre) o el estridor de su látigo, cerramos las ventanas de nuestras torres de marfil, nos tapamos los ojos y los oídos y solemos practicar aquello de ".... por uno me entra y por otro me sale".
Y así pasan los días y, tras ellos, los meses y, tras los meses los años. Luego, al abrir nuestro saquito de seda, al salir a la luz, después de pasado estos años queremos que nuestro pueblo tenga mayor bienestar, engrandecimento, cultura, riqueza...
¿Cómo me pregunto?
¡¡¿ Es que acaso todo lo anterior es un maná que nos va a caer del cielo?!!
Solemos entonces abrir los ojos a la realidad clara y punzante que nos rodea y vemos que estos que nos gobernaron tan solo dejaron:
decadencia, corrupción, injusticia, opresión... pues nuestros "conductores" sabiendo de nuestro poco interés por lo que hacen con nuestros impuestos, con nuestros votos, sabiendo que somos como plañideras romanas que aunque atronaban el espacio con sus alaridos de dolor nunca lograron que el difunto resucitase, sintiéndose libres sin tener ese control que siempre deberiamos ejercer sobre ellos los ciudadanos de una democracia, han hecho y deshecho a su antojo, han construido y destruido, han comprado y vendido nuestras ciudades al mejor postor, haciendo pues de nuestra confianza depositada en ellos la mejor de las armas para hacer los que le venga en gana.
Llegan ahora, temerosos de no volver a ser reelegidos. Es el momento de lanzarse a la calle a verter unas lagrimitas por sus malos hechos, prometen y prometen un sin fin de buenos propositos y así, de esta manera, lograr que de nuevo las crisalidas les demo nuestros votos para de este modo seguir engordando sus arcas, sus patrimonios... y así, una vez conseguido nos dirán volvamos a nuestros saquitos de seda durante otros cuatro años y sigamos con nuestra vida de crisálidas y plañideras.
Y pienso, que es ahora el momento, la hora de que nosotros, habitantes de estos municipios, de estas ciudades empezemos a dejar atrás supiros y lamentaciones, creo que no hay nada mas esteril, más inútil. Tenemos que desempolvarnos, reclamar a estos "conductores" lo mejor para nuestra ciudad, para nuestros vecinos, para nuestros amigos, para nosotros mismos. Impedirles que vuelva a rehacer sus fortunas y a ocupar esos puestos que tan solo les pertenece a los que les dan sus votos, a los ciudadanos, a nosotros.
Es hora creo, y dentro de poco lo podremos demostrar los ciudadanos españoles en las elecciones que se avecinan, de que los habitantes de cada aldea, de cada pueblo, de cada ciudad digiramos una fuerte dosis de civismo; que los miles de hombres que la pueblan, al menos en su mayoría, seamos ciudadanos y exijamos a estos "encantandores de serpientes" lo que en sus programas políticos prometen.
Porque sino lo hacemos así, sino lo hacemos pronto, tan solo me resta decir que de crisálidas y plañideras nada hay que esperar.


Juan Lucas.

sábado, mayo 05, 2007

Hoy como ayer (Final)

Cumplía mi hija Marcela diecinueve años, la mañana en que llegó a casa Luz, mi hermana pequeña. Deciros que yo entonces empezaba a saborear la vida, pues mi marido había fallecido hacía algún tiempo y con él desaparecieron las borracheras y los golpes que recibía cada vez que se le atonjaba descargar su ira, su rabia conmigo.
Hacía bastante tiempo que no nos veíamos Luz y yo, pues como dije anteriormente tenía mi propia casa, lugar donde me refugiaba del dolor, de las tormentas que azotaban mi vida interior y la de mis seres queridos, abrazando con toda mi pasión, con desesperación, los recuerdos de mi amor con Carla. Más al verla llegar llorando sin parar, y con algún que otro golpe, las entrañas se me revolvieron y no pude más que abrazarla con toda ternura, al igual que hice cuando nació.
- ¿Qué te ocurre?
¿Quién te golpeó?
- Fue Verónica. Me ha echado de casa a patadas al saber que estoy esperando un hijo. Un hijo que no tiene padre.
Esa fue su respuesta. Mi hermanita Luz, iba a tener un bebé. Un bebé que al igual que cientos de los que nacían por aquellas fechas no iba a conocer a su papá nunca. Lo peor, era que mi hermana tampoco sabía quién era el patán que la dejó embarazada, o si lo sabía nunca lo quiso decir. Así pues, a partir de entonces Lucita se quedó a vivir conmigo y tuvo allí a su bebé.
Al año siguiente, Marcela me presentó al joven que amaba, con el cual quería compartir su vida. No era del pueblo, era un joven distinguido y refinado. Sus maneras, su forma de hablar y de mirar eran tan dulce, tan distintas a los hombres que hasta entonces había conocido que me complació por primera vez en mi vida recibir un beso de alguién diferente a mi sexo.
Al día siguiente, conocería a la que sería mi consuegra.
Al recordarlo ahora, cada vez que pienso en aquel día mis ojos se llenan de dolorosas y amargas lágrimas. Es entonces cuando miro con más cariño que nunca la vieja fotografía de mi amada Carla y la aprieto contra mis ya cansados y viejos pechos, pechos que vuelven a sentir el placer, el bienestar que sintieron el día en que mi hermanita Lucita los subcionó con sus pequeños labios haciendo brotar de aquellos senos vírgenes, de aquellos senos de niña, la paz que la hicieron dejar de llorar durante un largo tiempo; al hacerlo, al abrazar ahora la fotografía de mi amada, sin parpadear me transporto a aquel día, y me transformo en aquella mujer que volvió a sentir la misma alegría, la misma pasión, el mismo deseo que sintió el día en que abrió la puerta a una hermosa vendedora de telas.
Sí, han adivinado. Han acertado, la mujer que vino a verme al día siguiente, la madre del que iba a ser el futuro esposo de mi amada Marcela, mi consuegra, era Carla, sí, era ella, Carla, mi Carla.
Al vernos callamos. Nuestro primer impulso fue el abrazarnos, el besarnos con pasión desenfrenada, hacernos el amor en aquel mismo lugar y en aquel preciso instante. Una vez más, tuvimos que disimular, ocultar, ese gran amor delante de nuestros hijos, tuvimos que callar una vez más lo que sentíamos la una por la otra y que nunca, nunca, a pesar de la distancia, a pesar de la separación, murió.
Al mes se celebraba la boda de Marcela y Luis. Mientras el sacerdote unía en matrimonio a ambos, Carla me miraba llorosa como diciéndome, que que leyes malditas impedían que nosotras pudiésemos manifestar públicamente, como nuestros hijos el amor que sentíamos, quien tenía derecho a no permitir que dos seres que se aman con la pasión, con la ternura que nosotras nos amabamos pudiesen hacerlo sin el miedo a ser repudiados por una hipócrita y falsa sociedad....

Así dejó esta, su historia de amor mi madre. Siento que no pudiera concluirla, no sé porque no lo hizo, si porque no pudo o no quiso contar más de esta bella historia de amor, para así no perjudicarnos a mi marido y a mí.
La que os narra esta historia soy yo Marcela, su única hija, la que tanto la amaba y comprendía. Han pasado ya treinta años desde su muerte. Al publicar este su testamento de vida, de amor, de sacrificio, tan solo deseo que sepan lo mucho que la quise y respeté, que ojalá se hubiese desahogado conmigo en cuanto a sus sentimientos, porque sin dudarlo ni un instante, la hubiera apoyada hasta el final de sus días.
Solo sé Guadalupe, Lupita... que mientras viva, siempre te llevaré dentro de mi corazón.
Gracias.
Marcela, 1.937.


Juan Lucas.

miércoles, mayo 02, 2007

Hoy como ayer V

Cumplía 30 años aquella primavera en la cual conocí el amor. Primavera bendita de 1.880 que permitío que entrará a mi casa esa felicidad que hasta entonces la vida me había negado y entró, de la mano y las caricias de mi Carla.
Por la misma fecha, mi papá consiguió un buen dinero y decidió celebrar este mi treinta cumpleaños, para ello reunió a toda la familia que pudo.
Recuerdo que estaba como loco, no paraba de gesticular y de decirme que me tenía el mejor y más maravilloso regalo que podía imaginar. Tan ilusionado estaba que temí por su corazón, pues debo decir que desde hacía años mi papá sufría una grave dolencia cardiaca que nos obligaba por su bien a no contradecirlo, ni darle disgusto alguno, ya que el doctor nos dijo que esta enfermedad, sino se le cuidaba podía ser mortal.
Llegada la hora, nos reunió a todos adentro de la casa, espero a que nos sentáramos, bebiésemos y comiésemos algo, y cuando notó, que cierta paz, que cierta alegria reinaba en aquel siempre triste hogar, salió un momento y al cabo de unos minutos regresó con esa "maravillosa" sorpresa que me tenía reservada... al poco volvió, acompañado de un señor que rondaba los 40, y con voz entrecortada por la emoción dijo para que todos oyeran:
- Hija, te presento a tu futuro esposo.
Al oír estas palabras el mundo se me vino encima. En un principio me reí. Si, reí creyendo que era una broma, ¿como iba a ser ese hombre mi futuro esposo, si no lo había visto en mi vida?
No podría amarlo en la vida, no podría amarlo jamás...
¡¡¡amaba a Carla, la amaba con toda la fuerza de mi alma, con toda pasión...!!! quise gritarlo para que todos me oyeran, para que todos se enteraran de que solo deseaba vivir con ella, ser su pareja durante toda la vida, pero tan solo atiné a dejar el lugar donde me encontraba y a escapar de esa situación a toda prisa. De la risa del principio, pasé al estupor, al miedo, al ver la cara de felicidad de mi papá y su mirada enfática que no paraba de dirigirme, comprendiendo que no era ninguna broma, lo que minutos antes había dicho, tarde comprendí, que mi papá no podía morirse tranquilo sin dejar a su hija mayor en manos de un marido, y más cuando ya había cumplido los 30.
Quise morirme. Salí corriendo hacía mi habitación con lágrimas en los ojos.
Mientras me dirigía hacia ella tan solo veía la imagen de Carla mientras me repetía a mi misma:
- ¿Qué voy a hacer sin su querer, que haré para olvidarla?
¿Cómo explicarle que no tenía más remedio que casarme, que no podía negarle este quizá último deseo a mi padre... enfermo de corazón?

Al día siguiente me reuní con ella y como teníamos prometido ser sinceras la una con la otra, le conté el deseo de papá.
No lo entendió, me propuso escapar, huir con ella, abandonarlo todo. Pero, ¿como hacerlo, como abandonar a papá, estaba enfermo? ¿Cómo abandonar a mi hermanita pequeña en manos de Verónica?
Carla, no lo aceptó, huyó del pueblo y no supe donde marchó.
Pasaron dos largos y amargos años en los que añoraba a Carla, en los que lloraba como una desesperada cada tarde cuando iba al embarcadero, al lugar donde cada día nos amábamos. En ese tiempo, cuando a punto estaba de acabar con mi vida, algo que no esperaba vino a alegrarla, pues supe por estas fechas que estaba embarazada.
Aquello hizo que me convirtiera en una nueva mujer, pues fue la única alegría que recibí después de aquellos dos fatídicos años, en los que además de haber perdido a la mujer que amaba, mi despreciable y ruin marido se pasó los días borracho y me hizo la vida imposible.
Llegó Marcela, mi hija, con un parecido físico muy semejante a mi mamá. Siempre le hablé de ella, de su abuelita Luz que se fue al cielo con Dios y siempre cuidará de las dos. También le hablaba de Carla, siempre salía en nuestras conversaciones. Le hablaba de ella como una buena amiga que me quería mucho, y por lo tanto, a ella también. De ella solo me quedaba una pequeña fotografía que miraba todos los días, sin faltar ni uno, mientras pensaba que habría sido de su vida, después del aquel último encuentro que tuvimos en el embarcadero....

Juan Lucas.