sábado, abril 28, 2007

Hoy como ayer IV

Yo fiel a la palabra que di a mi papá hacía ya 17 años, seguía soltera no quería que me ocurriera como a Carmen Luz, como a mamá.
A pesar de que hubo algún que otro hombre que me rondó inclusive a esta edad de las que les hablo, una mujer con 30 años, en esta sociedad en la que vivo, no se consideraba adecuada para el matrimonio, a mí no me interesó nunca ninguno.
Un buen día, tocaron a la puerta. Llamé a Verónica que era según tenía dicho la encargada de ver quien entraba y salía de su casa, para que abriera, pero, como de costumbre, dormía en su blandita cama, como ella decía. En vista de que no cesaban de llamar, de golpear la puerta y aún a riesgo de tener que enfrentarme a la mujer de papá, ya no le tenía miedo, fui a abrir.
Cuando abrí la puerta sentí como un fuego estremecedor que azotoba todo mi cuerpo, nunca antes había sentido tal cosa, no podía dejar de contemplar esos lindos ojos que me miraban, ni esa mágica sonrisa que me invitaba a reir con ella.
- ¡Buenos días! Soy Carla, vendo todo tipos de telas.
- Yo, yo... soy Guadalupe, la voz no me salía de la garganta, pasa por favor.
Esta vez no la llevé a la cocina, la hice entrar en mi habitación, algo me empujó a llevarla hasta allí. Una vez en ella nos sentamos sobre la cama, y, platicamos durante horas y horas, hablamos de todo menos de telas. Nos sentiamos muy a gusto juntas, sin nadie que gritara, ni diera órdenes. No sé cuanto tiempo transcurrió, pues el tiempo pareció pararse en el mismo momento en que Carla llamó a la puerta de casa.
Cuando se levantó para marcharse acarició con suavidad mi negro cabello diciéndome:
- Me alegro tanto de haber hablado contigo, tanto... ¿nos podríamos ver mañana?
- ¡Claro! contesté rápidamente.
- Bien, dijo Carla, nos veremos al caer la tarde en el embarcadero.
- Sí, sí... balbuceé, allí estaré.
Cuando salió de casa me quedé perpleja, dejé caer mi cuerpo en mi cama, pensaba en Carla, veía a Carla... me había enamorada de Carla.
Al día siguiente acudí a la cita, al embarcadero. Allí estaba ella, la suave brisa proveniente del océano hacia ondular su mata de pelo endrino y su falda, que al levantarse dejaba entrever unas piernas perfectamente torneadas, maravillosas, la blusa algo descotada, me hacía soñar con unos senos duros, redondos deseosos de ser subsionados por mis ansiosos y desesperados labios.
En aquel lugar, sobre la arena, libres de las represiones de la calle y la sociedad, sacamos afuera ese sentimiento tan fuerte de deseo y pasión que desde que nos vimo nos unió.
Comenzamos a besarnos de una manera descontrolada, nuestras lenguas se entrelazaban sedientas, mientras nuestras manos recorrían nuestros cuerpos encendiendo cada parte, cada rincón de piel que rozaban. La respiraciones agitadas y gemidos, aumentaban aún más el nivel de excitación.
En medio de tan intensa pasión, sentí como Carla deslizaba sus manos entre mis piernas hasta llegar a un punto en que al sentirla las dos deseamos convertinos en una sola. Esa noche me fundí con ella en la más hermosa de las entregas, una entrega que no estaba planificada. Aquella mujer, mi amor, me hizo descubrir lo maravilloso que es sentir a una mujer, y yo le dejé hacer, le dejé explorarme, sin prisas, con el más puro amor que ella despertó en mi.
Mientras nos vestiamos, empecé a llorar y me hice a un lado de ella, mientras con voz afligida le dije:
- No, no puedo amarte, no debo. Estamos haciendo mal, estamos realizando un acto que va en contra del amor y de dios.
Carla, con gran dulzura me tomó entre sus brazos diciéndome:
- Hasta en los momentos más difíciles se impondrá el amor. Estábamos encaminadas a hacer realidad ese sueño en común que llevábamos dentro.
Lupe, lo nuestro es un pacto de amor, sin cadenas... una entrega libre, donde quien sea prisionera, lo será en un amor sin barreras ni candados..."te amo" tiene otros significados, quizá inclusive más fuerte que el que llevan al altar aquellas parejas que tan solo se unen por no quedar solas.
Carla y yo nos seguimos viendo a escondidas, siempre en el mismo lugar, en el embarcadero donde por primera vez mi cuerpo fue suyo. Nuestro amor florecía más y más a pesar de que en esta época nadie aceptaría esta "vergonzosa" relación...

Juan Lucas.

miércoles, abril 25, 2007

Hoy como ayer III

Aquel 13 de mayo llegó Verónica.
Vino a casa según dijo a todos lo que la preguntaban con la intención de ayudar a Jacobo Luis, su primo, en la casa y con el bebe, Carmen Luz, que crecía cada día más y más y necesitaría de una mamá según ella.
Verónica era una prima soltera de mi papá, mujer extremadamente obesa, tanto que casi no podía caminar. Ni su mirada, ni su forma de ser se parecía en nada a la de mi mamá, Lucita, pues si la mirada de ella era clara y azul como la de un cielo de verano, la de esta mujer que llegó a casa, era fría y tenebrosa como la más oscura y negras tardes de invierno, y su caracter duro, insensible, temible era el polo opuesto a la ternura, jovialidad y alegría que siempre tenía mi mamá en su cara.
Nada más llegar, dejó claro que yo, por ser la mayor de todos, debería abandonar la escuela, que de nada servía aprender a leer y escribir a una mujer, que lo importante era saber llevar una casa y a cuidar a los niños y al marido. Así que, el mismo día que llego, me llevó aparte de todos y me dió una hoja mal escrita con las normas y tareas que de ahora en adelante debía realizar. Normas y tareas que tendría que hacer sin replicar, me dijo, entre ellas estaba la de ocuparme de mis hermanos y de la casa, bastante tenía ella dijo, con ocuparse de Jacobo Luis y de la pequeña.
Así pues, al mes de la muerte de mi mamá, de Lucita, Veronica fue la nueva mujer de mi papá, la nueva dueña de aquel trozo de tierra con muros donde viviamos. Se hizo cargo de todo, era la que administraba el dinero, la que guardaba las llaves donde se guardaba la poca comida que allí había, la que decía lo que teniamos que hacer y decir cada uno de nosotros y, pobre de aquel que no hiciera lo que ella mandase; pues no había ni solo día, ni faltaban excusas para que cada mañana o tarde, golpeara a alguno de mis hermanos sin piedad.
Nunca me atreví a contradecirla, a decirla que no, pues el miedo que me daba el verla era mayor que mis deseos de desafiarla, no obstante aguantaba su mirada, cuando me hablaba mientras golpeaba con su enorme manaza la tabla de la mesa y gritaba como una posesa, a fin de que la oyera todo el barrio y dijeran que se preocupaba del bienestar de la casa.
Esta manera de aguantarle la mirada, no debió gustarle, pues cada día, cuando llegaba Jacobo Luis, se quejaba de mí:
- Esto no puede seguir así, decía a mi papá. Ni sabe lavar bien la ropa, y ni tan siquiera sabe limpiar... fijate, fijate como está la casa, si se nos va a caer encima de la mugre y suciedad que tiene y ella, en vez de limpiar tan solo lee y lee.
Mi papá callaba, oía y callaba. Nunca supo nada de lo que en realidad ocurría en aquella casa. Yo tampoco quise contarle nada, pues, trabajaba todo el día y cuando llegaba a casa, Veronica se transformaba en otra... amable, cariñosa, cordial, y difícil hubiera sido me creyera.
A partir de entonces nuestras vidas cambiaron radicalmente. Nos hicimos adultos antes de tiempo, antes de que pasaran los años; para no cansaros resumiré lo que les fue ocurriendo a algunos de mis hermanos:
- Gracita, se casó a los 21 años, con un panadero que la cortejaba desde los 16, a los 28 ya estaba cargada de hijos, no tenía ya aquel hermoso pelo negro y su voz, ya no atraía a los que antaño la escuchaban, se volvió ronca y dura de tanto y tanto gritar por las calles para vender el pan, que cada madrugada amasaba junto a su marido.
- Lita tuvo una vida muy breve, murió a causa de los extraños ataques, que cada vez se hacían más y más seguidos.
- Juancito decidió refugiarse en un monasterio, cansado de tanta miseria e injusticias... se fue de casa con tan solo 17 años; nunca más volví a saber de él.
- Lencho y Manuel se hicieron pescadores. Se les veía como el mar les llamaba desde chicos. Heredaron la vieja barca y los aparejos de papá. Venían a casa de muy tarde en tarde, pero cada vez que llegaban revolucionaban el lugar, contando historias y aventuras que hacían chillar y brincar a nuestros sobrinos.
- Pacote, aquel niño listo y espabilado, se casó con una mujer veinte años mayor que él, se amaban, y decidió cambiar de aires marchándose con ella a la capital. En el pueblo, en casa no aceptaron nunca un amor con esa desigualdad de edades.
- Margarita iba espectacular el día de su boda. Llevaba un vestido de brillantes regalo de Umberto Cortés, un adinerado empresario de Buenos Aires, que se enamaró locamente de mi pequeña y dulce hermana. La sorpresa para todos, fue el bebé que tuvo a los cinco meses de recien casada.

Así pues, en 1.880, a mis cercano ya 30 años, yo seguía en casa con mi hermanita Luz, papá y esa horrible mujer, Verónica, que aunque no lo crean no paraba de traer hijos al mundo.



Juan Lucas.

lunes, abril 23, 2007

Hoy como ayer II

Cuando la matrona deslizó la sábana por la cara de mi mamá cubriéndole de este modo su bella y radiante sonrisa, no pude entender porqué hacía eso.
¿Si mi mamá me sonreía?
¿Sí Carmen Luz con su ojos entreabiertos me estaba llamando?
Así pues, con una fuerza que no sabré nunca de donde saqué, escapé de los brazos de mi mi papá y corrí, corrí hacia ella con toda la velocidad con que mis ligeras piernas podían impulsarme. Al llegar hasta donde estaba ella, de un salto, me planté en el lecho donde yacía "Lucita". De un manotazo aparté las sábanas que cubría su cansando y lindo rostro, y la abracé con fuerza mientras la llenaba de besos.

- ¡Mamá, mamá, es una niña preciosa... !mamá! ¡mamá... despierta, despierta por favor!

Carmen Luz, mi mamá, no podía responder. Nunca más podría responderme, ni podría ya tampoco nunca más acurracarme entre sus piernas mientras sus dedos trenzaban mi revuelto y siempre, como ella decía travieso y negro pelo, diciendo que este mundo en que viviamos era un mundo de pobreza e ignorancia, el mundo que nos había tocado vivir a las mujeres.
Papá (con la recien nacida en brazos, a quien llamaron Carmen Luz como a mi madre) cogiéndome de un brazo me sacó del cuarto suavemente y me llevo hasta la cocina, que hacia las veces de salón, sala de estar y como en este caso, sala de conversación. Allí, mirándome a los ojos, tragándose quizás las lágrimas para que yo no viese en él ningún signo de debilidad, para seguir demostrando que los hombres son siempres hombres ocurra lo que ocurra, a su manera, con su rudeza y simpleza me dijo que mamá se había ido para siempre, que nunca más la veriamos, que Lucita había partido a un lugar hermoso y tranquilo.
Al oír aquellas palabras de labios de mi papá, al ver su semblante que no habia cambiado, que seguía imperterrito ante aquella terrible tragedia, como sino hubiese ocurrido nada, el odio, la rabia, el coraje subieron por mi cuerpo y juré ante él no ser nunca como mamá, no casarme, no ser otra Carmen Luz, que a sus 35 años había dejado la vida entre parto y parto.
Decidida a cumplir esta promesa, salí corriendo con la intención de no volver nunca más a aquella casa, más el llanto de la pequeña Carmen Luz me hizo comprender que ahora era yo la que debía cuidarla, que era la mayor, que el peso de la casa recaía sobre mí, que no podía abondonar a mis hermanos, a esos niños por los que mi mamá había entregado su joven y bella vida. Así pues, extendí los brazos para que papá me la entregará y con ella en mi regazo, me fui a la habitación dejando solo a Jacobo Luis.
Una vez allí, a solas con la pequeña Carmen Luz, me senté sobre la cama y miré a la recién nacida. Al contemplarla con detenimiento vi en ella la cara de Lucita, de mi mamá:
Unos ojos azules que hipnotizaban a cualquiera que los mirara y una piel tan blanca no parecía humana. Y fue entonces, cuando por primera vez sentí algo que no volvería a sentir hasta años más tarde, pues al curvar sus labios la pequeña Carmen Luz, aquellos pequeños y tiernos labios que buscaban un pecho donde amamantarse, noté como los míos se endurecían, como mis pequeños y tiernos pezones crecían tanto y tanto que me dolían. No lo dudé ni un momento, y dejé que la pequeña Carmen Luz los subsionara y aunque no podía amamantarla, no se porque milagro mis pechos hicieron que cesara en su llanto y yo, ante aquel sentimiento plancetero, que nunca ante sentiera, lo único que pude hacer fue desahogar mi tristeza, mi dolor, mi desesperación en un largo, profundo y silencioso llanto, mientras contemplaba los intensos ojos azules de mi pequeña hermanita iguales a los de mamá.
Al cabo de unas horas, la matrona trajó a una nodriza. Una vecina que no ha mucho había tenido su hijo número once y que con ternura y delicadeza amamantó a la pequeña Carmen Luz, que quedó profundamente dormida.

Paso un mes desde este suceso que estoy narrando, y aunque parezca increible, en casa ya se hablaba de boda...

Juan Lucas.

viernes, abril 20, 2007

Hoy como ayer I

Me llamo Guadalupe, ahora que escribo esta historia soy una anciana a la que no le gusta rememorizar su vida pasada, pero que se cree en la obligación de narrarla, para que nadie nunca más, sea victima como yo lo fui, de un sentimiento impoluto, bello si, pero a la vez indigno frente al mundo.
Mi historia comienza allá por el año 1.863, entonces yo tan solo contaba 13 años, era una niñita risueña, vivía en una bonita aldea situada en la costa de Méjico, rodeada de mar, que nos brindaba todos los días una cosecha de rica pesca. Con esta edad me enloquecía contemplar el océano, su sonido y respirar ese aroma fresco que sus aguas desprende al caer la noche.
Al año siguiente, en el que comienzo esta historia, mi mamá Carmen Luz, esperaba a su noveno hijo y mientras yo me agazapaba entre sus rodillas para sentir el latido del corazón del bebe, ella me hablaba de que en la época en la cual vivíamos, la mayor parte de la humanidad era analfabeta, sin conocimiento alguno, además de intolerantes. Solo me decía, somos capaces de criar hijos, trabajar y orar a Dios. Y que por tanto no debía preocuparme por nada.
Mi papá Jacobo Luis, era pescador. Su educación era por supuesto adecuada al tiempo en el que estabamos: machista, intolerante, autoritario... eso si, muy unido a la familia. No demostraba su amor, hubiera sido signo de debilidad masculina, pero ahora sé que éramos lo más importante para él. Diariamente, al volver de su faena, recogía por el camino una florecilla para ella, para su Lucita, como el la llamaba.
Nuestra casa era demasiado pequeña para tantos hermanos, por eso papá recurrió al ingenio e hizo unas camas enormes en el único dormitorio que compartiamos todos. En estas camas, cabiamos dos o tres de nosotros sin ningún problema. Yo dormía con Gracita, un año menor que yo, preciosa, de ojos negros y pelo ensortijado, recuerdo sobre todo su hermosa voz, voz que hacía llorar a aquellos que la escuchaban. Luego en otra de estas camas enormes, dormían Juancito y Carlitos de once y diez años respectivamente, se pasaban la vida riñendo, Juancito no dejaba en paz a Carlitos cuando este trataba de dormir, pues le pellizcaba sin piedad su abultada y tierna barriga, fruto de las ricas enchiladas que tragaba sin parar, debido a lo que decía le gustaban.
Le seguían Lencho y Manuel, dormían en otra cama. Lencho solía acompañar a papá a pescar, y a pesar de sus ochos años, no tenía reparos en declararse un experto en este arte de la pesca. Manuel, tenía siete años y soñaba despierto, pues siempre había que repetirle veinte veces lo mismo para que hiciera lo que se le mandaba. Lita y Margarita, de cinco y cuatro años, siempre iban juntas, se pasaban el día paseando por la orilla del mar y soñando con no se que mundos... Lita, tenía una tez pálida y era débil, sufría una enfermedad extraña, nunca supimos porque le daban esos ataques tan frenéticos, donde sus ojos se volcaban y expulsaba espuma por la boca, aunque sabiamos que entre la gente del lugar se murmuraba que no era otra cosa que obra del diablo... Carmen Luz, mi mamá, no lo vió nunca así.
Pacote era por ahora el benjamín. Contaba quince meses y ya hablaba como ninguno de nosotros lo hiciera con esa edad, a diferencia de todos nosotros, se le veía inteligente y empezó a caminar con sólo nueve meses.
Amanecía en aquel día cálido de primavera de 1.863. Los rayos de sol acariaban las ventañas de la triste habitación de aquella casa de piedra donde dormiamos. Yo, no podía dormir, pues aquella pasada noche de luna llena, mamá no había hecho otra cosa que quejarse. De pronto, oí un quejido más fuerte, lastimero, angustioso. Me levante sigilosa y me asomé a la hatitación donde dormía mamá... nunca imaginé hasta el momento en que mis ojos lo vieron, lo duro que podía ser dar a luz a un bebé. Veía a mi madre sufrir y gritar. Sangraba mucho y nadie la podía consolar. Corrí hacia ella a pesar de que sabía que la ira de papá al verme sería terrible, y aunque intenté disimular mi llanto, las lágrimas rodaron por mis mejillas al ver los ojos de Carmen Luz, mi mamá, dirigirse hacía mí con ternura y calma... luego de mirarme y sonreirme, Mamá dejó de quejarse.
Juan Lucas.

miércoles, abril 18, 2007

Reflexiones de un bastón.

Amigo fiel del abuelo, usado cuando te necesitan y siempre dispuesto a servir de apoyo a esa mano temblorosa que protesta y pregunta por ti, si es que te dejó olvidado por un momento en un rincón, sin guardar por ese olvido, resentimiento ni rencor.
Testigo de momentos íntimos de la vida del abuelo, amigo inseparable de sus paseos cortos pero diarios por las calles del pueblo. Sumiso, fiel, callado... así eres tú bastón.
Si pudieras rezar, hablar, creo que de ti saldrían pensamientos, oraciones. Saldrían mil y una plegarias que oíste de esos labios de esas manos, de esos cuerpos con los que cargas sumiso y obediente. Cuerpos que sino tristes, al menos están pensantivos cuando oyen comentarios como:
" Cuando más viejo seas, estarás menos seguro de las cosas"
Yo sé, que tú, fiel bastón responderías a ese comentario y a otros, con cientos y miles de sabios consejos, escuchados de las bocas de esos que toman el sol, que cabizbajos caminan de vuelta a casa después de haber observado como los niños juegam en el parque, mientras pensaban en aquel otro comentario, que ya no sabemos quien dijo, y se ha convertido con el paso de los años, en algo común y popular:

"La juventud es un desatino; la virilidad es lucha; y la vejez... la vejez, nostalgia".

Quizás este comentario, dicho con tono lastimero, pueda llevar a una concepción penosa y triste de la vida. Pero tú y yo querido bastón, sabemos que no es así. Pues al igual que has escuchado estas frases y otras, inclusive más dura, también has oído otras como las que a continuación escribo y que tu guardabas como tesoro dentro de tu tosca y burda talla de bastón. Son tuyas, han salido de ti como fruta sazonada y, gustoso las pongo a continuación para que sepan que fueron desgranada por la sabiduría que has ido adquiriendo con el paso de los años y la compañia que te dieron los hombres y mujeres a los que serviste:

- "Dame, Dios mío, unas gotas de flexibilidad, de la que le sobra a la juventud, para poder seguir sorpotanto el peso de estos cuerpos".
- Que pueda corregirme, hablar sin tanta seguridad y mas humildad, como estos hombres que ahora toman el sol.
- Que este abierto a los cambios y a nuevos maravillosos mundos, como ellos, que aunque cansandos, no tienen hábitos, porque en ellos, a pesar de sus años, nada hay antiguo.
- Que mis raíces no sean de árbos centenario, que no se pueda ya ni doblar ni trasplantar, sino, de árbol joven para que pueda prender en cualquier cuerpo.
- Que no sea árbol viejo, que si se arranca se muere. Que... ¡quiero vivir!
- Que no me sienta hundido, ni huido, ni taciturno, cuando oígo todo eso que no me gusta de los míos, de los amigos... porque esto me deja herido, y pienso en todo, menos en lo que debiera.

Y para terminar, deciros, que aunque ya no estoy para cenas a deshora, para bailes y danzas, al menos que sea capaz de alegrarme con la alegría de aquellos a quienes sirvo, con las risas de los que me rodean, que aunque parezca a veces estar triste, no lo estoy, tan solo preocupado porque no estoy sastifecho conmigo mismo. Pues, a pesar de que a veces la nostalgia, la tristeza y la melancolia se apoderan de mí, soy de los que piensan:
"¡Cuan bueno es vivir, aun malamente"!

Y ahora, amigo bastón, mientras observo el sol radiente de abril que se cuela por los pinos de estos parques que a diario recorres llevando de tus manos a los abuelos, quiero antes de despedirme darte las gracias, gracias que salen de mis labios como murmurando una oración:

"Gracias por se una ayuda para muchos caminantes, para enfermos, ancianos, por ser manejable, por no ser carga inútil, por ser dócil y por no molestarte al quedarte solo en cualquier rincón o banco de parque".


Juan Lucas.

lunes, abril 16, 2007

Últimas palabras.

Es tiempo de la cosecha del humo. Ha llegado el momento de trasegar con la ceniza, hacer pan con las pavesas y repartir esta ausencia que nos queda entre las manos. Es un epitafio el rostro de los días.

Y también mi rostro es un epitafio; unas pálidas palabras, que una vez estuvieron llenas de furor, y ardieron con más tenacidad que tu rencor, mujer.

Era necesario quemarse, era necesario dejar que ardieran mis labios de boca en boca, hasta llegar al hueso, y luego calcinarlos, hasta llegar al humo y su desolación.

Mi nombre en tu boca se preño de oscuridad, diciendo que engendré la estirpe de la furia, pero no lo creo así, pues ni toda oscuridad es alimaña, ni toda luz arcángel.

Mi rostro es un epitafio, mi palabras se han deslizado en un desierto dejando unas huellas que son harapos de fugacidad, unas huellas más temblorosas que el diminuto rastro del escarabajo sobre la arena.

Mis palabras han inagurado un páramo en el que tan solo impera el desaliento, el desahucio, pues lo que una vez fue alegría inmesa... es hoy tan solo amargo cansancio.


Juan Lucas.


viernes, abril 13, 2007

El jardín de las delicias.

Esta mañana, a pesar de tocar trabajo decidí en vez de acudir a él, recorrer museos... quizá con la idea de que mi mente volase lejos, tan lejos como pudiera de mí, que se alejara y dejara de atomentarse.
Así, casi sin darme cuenta llegué hasta un cuadro que llamó poderosamente mi antención... no es la primera vez que lo veo, muchas veces pasé frente a él, sin prestarle mayor atención ni importancia que un simple y rápido vistazo.
Hoy, si que me paré a observa con más detenimiento este cuadro.
Se trata del "Jardín de Hieronymus",
Y al contemplarlo de nuevo, con mayor interés, he sentido la sensación de que el tiempo no pasa por esta pintura, que lo que en él , el artista dejó plasmado pasó y seguirá pasando en cualquier jardín que habite el ser humano.
Las criaturas que en él aparecen se mueven improvisando una danza que parece un rito. Todas están desnudas, pálidas... aparecen frutos de carnosa pulpa, el erotismo de la carne en todo su néctar.
Al mirar el cuadro puedo notar el frenesí que arde en cada figura, que no puede haber infierno entre tantas dulzuras, que a pesar de que la muerte, a cada instante cercena el fruto de la Creación, todo en él es posible, como el hecho de que dos orejas y un cuchillo simbolicen un falo, una flor de rosada textura, el pubis de una muchacha, cierta pareja, encerrada en una esfera transparente la necesidad de amar lejos de toda trabas sociales.
Y disfruto, si que disfruto de ese orgasmo de colores, ante mis ojos,
contemplando la mezcla entre seres humanos y bestiales.
Y aunque en él hay algo denso y confuso, algo que de seguro pondría en guardia a todo buen inquisidor...el artista puso ante sus ojos, en el cuadro, a un hombre fornicando con un extraño animal y a una pareja, de raza diferente, tocando con delicadeza la fruta de un árbol desconocido.
En este jardín, no existe nada ajeno, nada que no hayamos visto en este otro jardín en el que vivimos hoy, donde cada día, cada minuto, los seres humanos que ahora lo habitamos junto con los extraños animales que por el pululan, nos acariamos y mordemos con la oscura y terrible inocencia de los eternos condenados.
Juan Lucas.

miércoles, abril 11, 2007

Palabras de arena.


Decide tú, me has dicho esta tarde... decide tú.

¡¡¡Qué fácil, decide tú, sobre lo nuestro!!!

Decido, me quites la vida con un veneno de romero y coral negro, con el flanco de tu lengua, para no sentir nunca más tu lejanía, tu falta de tiempo, tu desidia, para no tener nunca más nostalgía, nostalgía asesina y eterna de ti.

Decide tú, yo no tengo tiempo, has dicho, con tranquila y serena actitud...

Tiempo, que tú nunca tienes y que a mí me sobra pues tengo todo el del mundo para pensar en tí, para tragarme las nauseas que sigue a la guerra entre nuestros miembros después de cada charla, de cada encuentro. Tiempo para tragarme el vómito al igual que hace el soldado que ve desmenuzado los cuerpos de jinetes y caballos después de la terrible batalla, al igual que los enamorados que no han podido resistir esto que nos pasa y deciden morir clavados cuidadosamente, horizontalmente... rotos en las esquinas de cualquier calle, de cualquier avenida.

Y decido no resistir más los escupitajos de lodo, las esquirlas imprevista de las palabras que salen de tu boca. Resistir, aunque en ello me vaya la vida, tu tacto de mujer, el redoble de tambor de tus llamas entre las raíces tiernas de mis deseos.

Decido, frenar la soledad que nos acecha, y nos llega, después del amor.

Decido no volver a besarnos las mejillas agrietadas conque amanecemos cada mañana, mejillas sin corazón, sin destino, sin patria.

Decido me quites la vida, sin rencor. Decido me la quites ahora, ya, con el flanco escarlata del machete de tu lengua.

Hazlo ya, ahora, sin miedo, sin dolor, sin culpa, abre mi herida mortal con un beso de tus labios.

Decido, comiences tu mundo en el lugar exacto donde tus manos guiaron mis manos. En el lugar donde nuestro amor prohibido intentó hacer crecer raíces, en ese jardín secreto donde la eternidad se vuelve cicatriz que siempre aflora...

Decido me quites la vida y comienzes a vivir, a disfrutar el mundo en lugar del silencio que acoge la humedad del viento, donde yo no seré más que un vencejo huido, encostrado, ciego por el brillo de tus ojos... quítamela ya, para que florezca en ti, semillas y frutales, allí donde tan solo hambre y desolación dices dejé.

Eso decido. Después de habernos econtrado esta tarde, después de que como siempre tú siguieras tu camino y yo el mío... es fácil, tu lo dijiste... decide tú, yo no tengo tiempo.

Juan Lucas

lunes, abril 09, 2007

Matrimonio confortable.

"Brilla de nuevo el sol:
todo renace... para vosotros
no, y es para siempre".
Wallin

-¿Me lo juras?
- Te lo juro.
Por el angosto camino bordeado de álamos, alejóse el novio, no sin volver la cara varias veces en un adiós repetido, interminable.
La promesa de amor eterno, esa promesa tan fácil de hacer y tan difícil de cumplir, había puesto fin, sellando con un beso y un juramento la primera entrevista de los nuevos enamorados. Los árboles del camino, aquellos viejos árboles que, por nacer en lugar tan adecuado, habían presenciado mil idilios y conocido mil engaños, acababan de oír una vez más las palabras sacramentales de la bella mentira; y en el lenguaje de sus hojas la comentaban irónicos.
Juan, camino de la ciudad, era feliz; Isabel, en el jardín de su casa de campo, tan feliz como él.
Se conocieron un lunes; el azar hizo la presentación. El sábado eran novios. Él sabía de ella que era encantadora; ella, de él, que era un buen mozo. Ninguno de los dos contaba veinte primaveras.

* * * *
Y fue aquel amor una primavera: tan florido como ella y tan efimero, duró lo que las rosas en los rosales.
Tardes de abril, románticas noches de mayo, ¿qué se hizo de vosotras?
Por el camino bordeado de álamos, alejóse el novio para no volver más. La novia lloró aquel día, suspiró al siguiente y se conformó al tercero. Poco a poco fue borrándose lo "indeleble" y olvidándose lo "inolvidable".
Y, así, a cuenta de una eternidad, Isabel y Juan se amaron unos meses.

* * * *
Hoy son dos buenos amigos, dos viejos temblones torturados por el asma y la reuma: la señora Doña Isabel y el señor Don Juan, que "casarón bien", tuvieron muchos hijos y los colocaron a todos.
Ella es viuda de un perfecto caballero que, aunque no la quiso nunca, la trató con suma cortesía. El está satisfecho de su costilla, fea pero rica, laboriosa y bien educada.
Para ambos ha sido el matrimonio muy "CONFORTABLE".

Juan Lucas.

viernes, abril 06, 2007

A Jesús Nazareno.

Sí, me declaro agnóstico. Me cuesta creer a ciegas. Lo que mi ser quiere creer mi razón lo niega, eterna quimera la existente en mí entre la fe y la razón.
Pero, a pesar de mi agnosticismo, no puedo dejar de admirar a esas miles y miles de personas que viven la Semana Santa con tanta devoción, con tanta fe (que envidio), de maravillarme ante la devoción, la esperanza, la ternura... de esos hombres y mujeres que, lloran, gritan, aplauden, rezan al ver sus Santas imágenes danzar sobre la calzada al ritmo marcado por los costaleros; por esos hombres y mujeres, que esperan aguantando estoicamente el frío, el cansansio, e incluso a veces el hambre, a que su Cristo, su Virgen pase por delante de ellos un año más y poder gritarles:
¡¡Guapa, guapa y guapa!!!
Son literalmente aplastados por una enorme multitud que les apresiona, pero ellos aguantan el tipo, aguanta y aguanta, por tal de no perder ese lugar privilegiado que algunos guardan desde el día anterior, alimentándose tan solo de algún que otro bocadillo que llevaron preparado para su larga espera, para ver el paso de ese su Jesús el Nazareno.
Es por esto, por lo que quiero dedicar este post a todos los hombres y mujeres que esperan con ilusión renovada cada año, cada primavera, que su proseción recorra sus calles y así sentir como la felicidad les recorre sus cuerpos de norte a sur y de este a oeste.
A Jesús Nazareno.

Señor, Señor, tienes nublada la frente, tienes el rostro doliente, tienes los ojos sin luz.
Señor, Señor ¿sufres mucho?
¡¡¡Cómo te ha de punzar esa corona de espinas!!!
Y a esas espaldas divinas ¡¡¡cuánto pesará esa cruz!!!
Hoy, contemplando tu imagen de cerca. Aunque fuese un minuto, dejaste de ser imagen y en hombre te convertiste.
Dolor me dio contemplar esas mejillas manchadas por salivas arrojadas con desprecio y con desdén por los que poco antes te aclamaban, por los que con palmas te recibían y con delirio clamaban:
¡¡¡Viva el hijo de Dios!!!
Y, al mirarte y recordar aquellos tus labios, amados, deseados, alabados... una vena de dolor, recorre mi corazón a verlos ahora, callados y amoratados por los fieros golpes dados por ruda gente que sin piedad los maltrataron para dejarlos mudos, rotos.... sangrantes y temblando de dolor.
Y contemplando esa imagen me permites preguntarte:
¿Eres tú aquel que marcaste a los astros su camino y enseñaste al ave el trino que lanza al amanecer?
¿Eres tú el que con tu ira produces el ronco trueno y el que hundiste en negro infierno al soberbio Lucifer?
¿Qué es lo que pudo causar milagro tan estupendo que siendo hijo de Dios a tus ejercitos no mandarás para evitar cruxifición
Y esos labios, rotos, sangrantes, mudos, temblorosos... con ternura, con amor, sin palabras estas frases pronunciaron:
- " ¡¡¡El amor, sólo el amor!!!
El amor que supo hacer manso cordero inocente al dios grande y refulgente, iracundo y vengativo que de niño tu leiste en el sagrado talmud".
Señor, Señor... sin palabras me dejaste y al mirar en esta noche tu dulce frente sangrante con espinas toturándote, brillar veo en esos ojos sin luz un rayo de amor ardiente , logrando borrar de mí el olvido, lo mezquino, lo soberbio y olvidando mis recelos con devoción y amor te digo:
- Señor, Señor... solo, tan solo deseo al igual que el "Cirineo" en esta tu noche amarga... me permitas que te ayude a llevar contigo esa cruz.

Juan Lucas.

martes, abril 03, 2007

Ilusiones (Final)

- Espero no haberte ocasinado ningún trastorno, dijo Carlos, al ver el estado en que se encontraba Eva.
Pasemos a la casa, por favor, allá estarás mejor que en este lugar.
Eva, sin decir palabra, le siguió hasta donde él la llevaba.
- T
e he pedido que vinieses, continuó diciendo Carlos, porque quiero comunicarte a ti antes que a nadie mi decisión de dejar el sacerdocio y los motivos por los cuales he llegado a tomar este paso tan importante y transcendental en mi vida.
De nuevo, Eva sintió como su corazón daba un vuelco, de nuevo sus deseos, sus ansias por el hombre que le hablaba le hizo desear ser amada, abrazada, hacer realidad el sueño que había vivido hacia unos momentos; pero reprimiendo sus deseos y, culpándose por su insconciencia, por sus coqueteos con el sacerdote, pensando que ella había sido la causa de tomará esta decisión dijo:
- ¿No crees que deberías pensarlo un poco más? Sabes que tus filigreses te adoran, que la parroquia sin ti no será la misma, que es tu sola presencia la que ha hecho posible todos los cambios producidas en ella.
Carlos, muy sereno continuó diciendo:
- No Eva, no puedo seguir ejerciendo como sacerdote porque quiero compartir mi vida con la mujer de la que estoy enamorado. Quizás, es que mi vocación no era lo fuerte que debiera o, es el amor que siento por ella el que me ha hecho ver que mi camino no era el sacerdocio, que estaba totalmente equivocado.
Eva, no podía hablar. Temblaba, sudaba, sentía alegría y tristeza a la vez.
¿Que le diría cuando se le declarese?
¿Le diría que era una mujer casada y que a pesar de amarle, de desearle con todas sus ganas no iba a irse con él?
¿O se entregaría a él como lo deseaba, como lo anhelaba, como su cuerpo y su mente se lo pedían?
Más Carlos, con la tranquilidad que le caracterizaba y mirándola a los ojos le dijo:
- Ya es tarde Eva, hace unos días presente la documentación oportuna ante las autoridades eclesiástica, tan solo espero que no tarden mucho en responder.
Eva, no sería ético que mantuviese una relación sin dejar los hábitos, amo mi profesión, creo en lo que digo y predico. Es por esto, y porque sé cuales son mis sentimientos hacia Cristina lo que me obliga a dejar la iglesia, pues si siguiera no sería honesto ni con ella, ni con esta instutición a la cual he servido durante tantos años de mi vida.

Como ves, Eva, este es un tema delicado por eso he querido comunicártelo personalmente a tí, principalmente por la amistad que nos une, por tu comprensión. Mañana lo comunicaré al resto de los fieles. No quería que esta noticia os llegara a las catequistas, a los fieles a través de terceras personas. Creo, que era mi deber como hombre y como sacedorte.
Un hilo de voz trató de salir de la garganta de Eva... palideció y un sudor frío, totalmente diferente al de su sueño de unos minutos antes, le corrió desde la frente hasta las mejillas.

Juan Lucas.