Comienzo de nuevo

lunes, octubre 26, 2009

“Obama, premio nobel de la paz"

Los Premios Nobel se conceden cada año a personas, entidades u organismos por sus aportaciones extraordinarias realizadas durante el año anterior en los campos de la Física, Química, Fisiología y Medicina, Literatura, Paz y Economía. Otorgados por primera vez el 10 de diciembre de 1901, los premios están financiados por los intereses devengados de un fondo en fideicomiso contemplado en el testamento del químico, inventor y filántropo sueco Alfred Bernhard Nobel. El Nobel de Literatura, es entregado por la Academia de Estocolmo. Además de una retribución en metálico, el ganador del Premio Nobel recibe también una medalla de oro y un diploma con su nombre y el campo en que ha logrado tal distinción. Los jueces pueden dividir cada premio entre dos o tres personas, aunque no está permitido repartirlo entre más de tres. Si se considerara que más de tres personas merecen el premio, se concedería de forma conjunta. El fondo está controlado por un comité de la Fundación Nobel, compuesto por seis miembros en cada mandato de dos años: cinco elegidos por los administradores de los organismos contemplados en el testamento, y el sexto nombrado por el Gobierno sueco. Los seis miembros serán ciudadanos suecos o noruegos.




lunes, agosto 10, 2009

Parte VI (algo por lo que luchar)

Garuaba y por el aspecto que tenía el oscuro cielo no parecía que fuese a parar aquella suave llovizna que iba cubriendo, pintando con colores húmedos las calles de Lima y, que lograba de forma casi mágica que todo fuese tomando un aspecto acerado. Garuaba y actuaban aquellas livianas gotas sobre la memoria de Juan igual que pinceles de pintor abstracto, trazando sobre su mente con trazos gruesos y oscuro todos los recuerdos vividos en este espacio de tiempo y que que tantos cambios habían producido en su vida. Garuaba aquel domingo de Julio, y la garúa dejaba en Juan un sabor meláncolico, nostálgico, de colores tristes y siniestros, presagio de lo que sería el final de toda aquella historia de entrega y amor que como mariposa de un día terminaría dentro de pocas horas sin saberlo él, al igual que no sabe dicha mariposa de lo efímero y levedad de su vida y, el amor, a veces es tan breve y pasajero como la vida de esa mariposa, demasiado efímero, al menos este que se narra en esta historia.

Aún así, a pesar de este gusto a remargo que le provocaba la llovizna, sus recuerdos y la ausencia de ella, su estado anímico era agradable, puesto que mientras esperaba a la amiga de Diana, la que iba a ser su acompañante durante todo el día y tomaba otro café saboreándolo de la misma forma que saborea un condenado a muerte su último cigarrillo, dejaba transcurrir lentamente el tiempo, permitiendo que los recuerdos le invadieran, notando como por sus labios resbalaban suavemente las pequeñas gotas del café de la misma forma que resbalaban sobre los cristales de las ventanas las gotas de llovizna que en esos momentos mojaban las calles de Lima, gotas de café que después de resbalar de sus labios, se deslizaban dentro de su boca entreabierta donde morían, creándose de esta forma una extraña simbiosis entre ese gusto que le dejaba el sabor amargo de este brevaje y la triste y sombría mañana del exterior, simbiosis que le permitía penetrar en el interior de la niebla que en esos momentos lo envolvia todo, y así, de esta forma y sin saber como, ahora era él, el que hacía llover y sus ojos eran el cielo por donde la alegria, la nostalgia... miles de sentimientos pasaban de la misma forma que pasa el agua que lleva un rio, de la misma forma que se marchita una flor al poco tiempo de ser cortada, y esta extraña sensación que en estos momentos sentía, hacía que su corazón palpitara de la misma forma que palpitó cuando se sumergió en los besos, en las caricias, en los brazos de aquella mujer, y transportaba su cuerpo, su espíritu, su alma, sus deseos , sus ganas hasta un lugar lejano de la ciudad, a aquel lugar donde ahora se debía encontrar ella, para permanecer de esta forma juntos de la misma forma que lo estuvieron la noche pasada, fundidos en aquellos abrazos, en aquellos besos, igual que el cielo y el mar se fusionan allá en el horizonte, hasta tal punto que nadie puede diferenciar quién es quién, cual es cual.

El sonido de las puertas del bar donde se encontraba al abrirse le rescataron de los recuerdos y de esta agradable sensación en la que se encontraba desde no sabía cuanto tiempo. Sintió frío, debía de haber hecho caso a su intuición y coger el abrigo, pero ya era tarde para rectificar, y la verdad se dijo, quizás para darse ánimos, el frío no era tanto. De manera instintiva míró hacia la puerta y no pudo evitar dar un salto que le hizo levantarse como un resorte de la silla donde permanecía sentado, su sorpresa fue mayúscula, pues por esas puertas que se abrieron, no entró la amiga de Diana, sino que era ella la que entraba, estaba nerviosa, ilusionada y alegre a un tiempo, tal vez se debía a la noticia que el destino había decidido que él nunca llegara a saber. Llegó hasta donde él se encontraba, le besó dulcemente y al sentir dicho beso, Juan, notó como un escalofrío le recorría la espalda.

- ¿Que te pasó? preguntó Juan al verla tan inquieta.

- Nada respondió ella. Tan sólo que te extrañaba, contestó, dejando escapar una pequeña sonrisa.

Juan, se acercó hasta ella, bajó el tono de su voz que se convirtió en un leve susurro y acercando su cabeza a la de ella le dijo:

- Nunca vi a una chica tan bonita como tú.

La tarde tomó un nuevo color, él la cogió de la mano, ella la tomó con fuerza como presintiendo que si le soltaba le perdería para siempre, y sin temor al frío, a la garúa que en esos momentos caía, disfrutando de esta mutua compañia que ambos se brindaban sus labios volvierón a unirse de nuevo de forma desesperada, besándose de la misma forma como quien tiene sed y debe saciar dicha necesidad sino quiere morir. Sus manos, la de Juan, volvieron a acariciar nuevamente su suave cuerpo, su cintura; mientras que ella enredaba sus dedos en el pelo de él mientras besaba aquellos labios que tanto placer le causaba. Sus cuerpos no podían evitar el aproximarse el uno al otro, el acercarse cada vez más. Y sin saber como, de nuevo se tenían el uno al otro derrochando dulzura y besos... parecía un sueño, sueño del que ambos no tendrían mas remedio que despertar.

Juan Lucas.


miércoles, agosto 05, 2009

Parte V (Algo por lo que luchar)

Era temprano, la niebla de la ciudad de Lima seguía sin dejar entrar la luz y la claridad del sol a la que Juan estaba acostubrando presagiando un día triste y gris, apagado, sin colores... Durante un largo rato estuvo contemplando desde el ventanal de la habitación donde se hospedaba todo lo que acontecía a su alrededor como queriendo impregnarse de todo aquello que durante días iba a ser lo que viera y lo que viviera. Parecía cansado, tal vez fuera porque llevaba ya algunas horas despierto y había olvidado comer. Pero sus ojos, los ojos de Juan, irradiaban una gran serenidad, una gran paz interior, serenidad y paz que conseguía recordando el perfil de aquella mujer por el cual parecían deslizarse un sinfín de estrellas que le daban un hermoso color plateado a su rostro, y aquellos destellos que desprendía sus bellos cabellos negros que ahora caían sobre la almohada y que le hechizaban, consiguiendo así en él, esa sensación de bienestar y sociego que le llegaba hasta el corazón logrando calmar, de esta forma, cualquier otro pensamiento o inquietud que tratara en esos momentos de turbar su espíritu.

Se apartó del ventanal en la que se encontraba y se acercó hasta aquel mueble que, hacía a la vez de mesa de noche, tocador y un sin fín de menesteres más y donde había dejado su reloj la noche anterior, reloj, que aún marcaba la hora local del lugar de donde no hacía aún ni un día completo había llegado. Hizo pues un pequeño cálculo mental y dedujo que aquí, donde se encontraba ahora no debían ser mas de las seis y media de la mañana, ¿que hacer? -se preguntó- No deseaba entrar en la cama para descansar, no deseaba dormir, su cuerpo y su mente estaban demasiado excitado para hacerlo y, sabía que si entraba de nuevo a aquel lecho sería para volver a hacer el amor a aquella esplendida mujer que allí descansaba ahora. Algo en su interior le decía que no debía hacerlo, que debía por ahora dejarla dormir, descansar, que aunque la deseaba como nunca había deseado a nadie, lo mas conveniente era dejar que pasaran las horas para comprobar que no había sido tan solo una atracción física, un deseo incontenible e irrefrenable entre dos seres dominados en esos instantes en que ocurrió todo, por un mismo sentimiento de tristeza y soledad, debía pues dejar ahora ese deseo de hacerle el amor de nuevo, para así poder comprobar si lo que creía sentir en esos momentos hacia ella era lo que pensaba y deseba que fuera.

A pesar de todos estos pensamientos que bullían en su mente igual que un remolino, no pudo evitar acercase hasta ella despació, sin formar el más mínimo ruído y, sentarse a su lado, atraido por su belleza igual que un imán atrae el hierro. Sus dedos, al igual que si estuvieran gobernados por una fuerza superior, no pudieron dejar de dirigirse hacia sus pezones, pezones que al sentir tal roce endurecieron como diamantes, y sus labios, los labios de Juan, de la misma manera que antes hicieran sus dedos, de forma instintiva y automática, se posaron sobre aquellos labios rojos que se entreabrían igual que fruto maduro y que tan poderosamente seguían llamando su atención. Quiso darle un beso profundo, como los de la noche anterior, pero la placidez con la que descansaba, la paz y la felicidad que irradiaba su sueño, le hizo reprimir aquel agudo deseo que latía en su interior de volver a hacerlo; decidió pues no pertubar aquel momento en que, imaginó el alma de ella se impregnaba de los mejores momentos de la noche pasada y, con la misma lentitud que anteriormente se acercó hasta ella, se levantó y se dirigió hacia el baño dispuesto a tomar una ducha caliente, vestirse y bajar al comedor del hotel a tomar su desayuno, eso sí, claro, si el comedor estaba abierto a tan temprana horas. Venciendo pues el deseo de volver a hacerla suya, tomó su ducha diaría. Escogió la ropa que iba a llevar aquel día, algo que no fuera muy llamativo aunque si elegante, ya que quería conocer aquellos lugares, aquellas rutas, al que no entran nunca los clásicos turistas, por considerarlas poco seguras y peligrosas. Eligió pues, una camisa color crema de mangas largas, jeans de color casi blanco debido a los muchos lavados que había recibido y unos mocasines de color crema que hacian juego con su camisa.

Ya preparado, abrió la puerta del baño y al dirigir la vista hacia el lugar donde se encontraba la cama, vio ya despierta a Diana y como esta, estiraba su cuerpo en aquel lugar donde se habían amado.
- Hummmm. Buenos días. -Dijo Diana con voz cálida y sensual.

- Buenos días - respondió- Juan. Sin poder dejar de mirarla con ojos de deseo.

Ella, que había despertado no hacía mucho de su plácido descanso, casi seguro que en esos diez minutos que Juan empleó en su aseo diario, (esa afición Juan lo descubriría días más tarde) se había quedado echada tranquilamente escuchando la televisíon, puesto que no la miraba, sus ojos le miraban a él, y le miraban como solo saben hacerlo las mujeres enamoradas y en su cara, en sus gestos se reflejaban el bienestar, el extasis, sentido algunas horas antes cuando los brazos de Juan la rodearon, de cuando sus labios le besaron hasta hacerla tocar el cielo con los dedos. Dudaba, incluso, de que alguien hubiera podido o pudiera sentir tanta paz y felicidad como en ese momento sentía ella.

- ¿Me acompañarás al restaurante a desayunar?
- No, debo irme, me ducharé rápido y me iré, tengo que hacer - respondió ella - .Pero vendrá mi amiga y te enseñará los lugares mas típicos de la ciudad.

Aquellas palabras sorprendieron a Juan, le dejaron perplejo, sin habla. No cabía en su cabeza que ella se fuera, que le dejara sin más solo en aquella ciudad de la cual desconocía todo, pensaba que después de la noche pasada nada en el mundo haría que se alejase de él. Bajó su cabeza y sin mediar palabra bajó al restaurante, mientras pensaba en lo ilógico, en lo poco inusual de la decisión de Diana. En el bar, nada desayuno, solo tomo un café y esperó que bajará. Cuando pasado unos veinte minutos se presentó ante él, Juan, pudo comprobar que su rostro había cambiado, volvía a ser la chica de semblante serio y triste, la chica que lo guardaba todo en su interior... Le acompañó hasta la cabina telefónica más cercana para que realizara aquella llamada, se apartó de ella mientras lo hacía y esto, le impidió ver como una sonrisa iluminó fuzgamente su cara al mirarlo, mientras que unas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Cuando terminó su conversación, se dirigió hasta donde estaba Juan, lo abrazó con fuerza y sin más entró en un taxí mientra maldecía al tiempo que con tanta rapidez pasaba. Juan, tan solo esbozó una sonrisa fingida mientras la veía marcharse no sabía donde.

Juan Lucas.

miércoles, julio 29, 2009

Algo por lo que luchar IV

Quizás fue aquel mágico momento del amanecer, quizás el deseo que ardía en el interior de ambos desde la primera vez que se vieron... no lo sé, ni creo, la verdad, que nadie pueda explicar como los labios de él fueron a posarse sobre los labios de ella, que al igual que clavel que se abre en jueves santo en las calles y plazas de Andalucía para perfumar las mágicas noches de Semana Santa, se abrieron para dejar en la boca de Juan el más maravilloso de los gustos, el mejor y mas exquisitos de los placeres que jamás hubiese desgustado.

No hicieron faltas palabras, el roce de sus cuerpos fue el mejor de los idiomas. Cogió su mano y juntos caminaron hacia el hotel donde se encontraba la habitación donde Juan se hospedería durante el tiempo que habría de permanecer en Lima... ella se dejó llevar. Una vez allí, volvió a besar aquellos labios rojos con pasión desenfrenda, y mientras sus manos recorrían aquella hermosa y suave piel palmo a palmo notó como su cuerpo temblaba de excitación, mientras que al suyo, aquel roce de piel contra piel, le hacía estremecer. La turgencia de aquellos pequeños pechos que recorrían sus manos y su lengua le hacían enloquecer, la humedad empapaba sus cuerpos y les llevaba al delirio en un ritmo acompaginado y frenético. Todo era perfecto: su pelo negro y brillante, aquel rostro suave y arteciopelado, el brillo de su piel, su tez morena, la mirada de placer que Juan advertía en ella mientras la poseía, esa forma pausada de hacerle el amor que hacia que sus cuerpos se acoplaran sin dejar ningún resquicio entre ellos como si el destino los hubiera forjado para aquella perfecta unión que ahora se realizaba, le convertían en la mujer más actrativa que nunca hubiera visto. La temperatura de aquel lugar contrastaba con la atmósfera fría que reinaba fuera de ella, sentía cada vez con más intensidad el calor de aquel cuerpo rodeando el suyo. Con fuerza pero con ternura la giró y, con los labios entreabiertos busco su lengua, lengua, que minutos mas tarde recorrería todos los rincones de su cuerpo, mientras que los dientes de ella mordían sin cesar su cara, sus hombros... arráncandole gemidos de dolor y de placer. Una descarga, un orgasmo como hasta entonces no habían sentido, les hizo temblar a ambos, el cuerpo de ella se unió al suyo iniciando un leve balanceo que hacia que unas veces se acercara más y otras se alejará, mientras sus piernas rodeaban su cintura, para que sus cuerpos latieran al unísono en una desconocida locura, a la vez que su boca susurraba:

- No quiero salgas de mí.

Pasado unas horas, Juan que no dormía, salió de la cama y se quedó mirándola fijamente. Ella aún estaba dormida y sonreía... se frotó los ojos, quería estar seguro de que aquello no había sido un sueño, tocó su pelo, acarició sus manos y comprobó que no, que no había sido un sueño, allí estaba ella, allí estaba aquella preciosa mujer, no era su imaginación, era totalmente real y tangible. Se acercó a ella, y la besó con delicadeza para no turbar su sueño mientras le susurraba al oído:

- ¡Dios, QUE BONITA ERES!

Apartándose por un momento de ella, se dirigió hacia el ventanal que daba a la calle donde ya un hervidero de coches reclamaban a los clientes con sus ruidos atronadores y la claridad del día hacía que la noche se retirara vencida. Juan, no pudo dejar de pensar en que:

El destino pues, les había preparado sin ellos saberlo aquella noche mágica, única e inolvidable.
Juan Lucas.




martes, julio 28, 2009

Algo por lo que luchar III

Y fue en este preciso momento en que la dicha y la felicidad embargaban a Juan y que le hacía parecer estar en otro mundo, en este momento en el que el ruído de los automóviles que rugían al pasar al lado de ambos y que no hacían mas que soltar estridentes pitidos sin dejarles ni tan siquiera poder hablar, en este momento en que la atmósfera de la tarde-noche de Lima y el bullicio de las gentes que corrían sin ir a ninguna parte parecían envolverlo, cuando creyó ver por primera vez como una sonrisa iluminaba la cara de Diana al ver esta (Diana), su desconcierto ante tanto alboroto y bullicio y que le hacia parecer un títere que solo se movía si ella le cogía de la mano. Fue entonces, al notar que aquella situación de desasosiego e inquietud que experimentaba le hacía sonreir, que le hizo pensar era el momento idoneo romper el hielo, para ir conociendo un poco a aquella mujer preciosa, maravillosa y hermosa que sin dudar se ocultaba bajo aquel halo de tristeza y melancolía, bajo aquella dura e impermeable coraza que no dejaban ver a nadie, al igual que ocurre con las nubes que no dejan ver la hermosura del firmamento, la belleza que habitaba en su interior.

- Entremos aquí, - le dijo Diana- seguro que es un buen lugar para cenar.

El restaurante elegido, aún no sé si fue el azar o el olor de que de allí salía el que les llevó hasta él, era un lugar de los muchos que se pueden encontrar por la populosa y transitada avenida principal de Lima, la que da a la famosa plaza de armas. Avenida llena de tiendas, vendedores ambulantes, cambistas y un sin fin de seres variopintos que pululan por dicha calle tanto a la caza del turista ingenuo como a la del limeño que, también ingenuamente, cree encontrar una ganga allá donde no la hay. Este, era un local de los cientos y cientos que se pueden encontrar en la populosa Lima, lugar o local, donde no hay lujos, pero si comida - no sé si de buena o mala calidad- pero que te llena el estómago y te sacia el hambre durante unas horas, lugar donde la música suena sin parar y la gente entra y sale tan pronto llenan sus hambrientas tripas... lugar no apto para entablar una conversación, pero sí, para poder observar desde tu mesa la constante ida y venida de gente de distintas formas y carácteres, lugar en definitiva para poder entrar en el corazón y en el espíritu de tu acompañante sin que este se de cuenta de que así lo haces.

Y así fue, que Juan la fue observando mientras ella comía y él no probaba bocado, debido más que nada a su aún descontrol horario, como era la vida y la gente de aquella ciudad a la cual había llegado no hacia ni tan siquiera un par de horas. Fueron pasando las horas sin apenas darse cuenta y sin esperarlo, la noche se fue cerrando de la misma forma que se iban cerrando los ojos de los transeuntes y comensales que momentos antes transitaban y llenaban dicha avenida, y, como era hombre que conocía los recodos del alma humana y sabía de la alegría y el gozo, de la alegría y la desesperanza, aún sin preguntar nada, la observaba atentamente sin que ella se diera la menor cuenta, a aquella entrañable y maravillosa criatura que le acompañaba mientras que en su mente, no dejaba de preguntarse que podía haber acontecido en la vida de aquella joven mujer para que los mismos ojos que miraba aquella noche y que ahora irradiaban alegría, hubiesen estando durante largo tiempo tristes y semicerrados...
¿ fue quizás que sus mejores amigas la habían dejado sola cuando más la necesitaba? ¿o, quizás aquellos ojos se ponían triste cada vez que se cruzaban con aquellos otros que pertenecían a quien en otros tiempo dijo ser el hombre que le amaba?

Aquellas preguntas martilleaban en su mente cuando ya de amanecida salieron del restaurante donde había pasado las horas observando el rostro de aquella mujer que tanto y tanto llamaba su atención y a pesar de que había intentando hacer un esquema en su mente de lo que le podía haber ocurrido, de intentar descubrir el porqué de la tristeza que embargaba aquella noble y hermosa alma, no pudo más que desistir hasta otro momento para descubrir tan alto secreto que a igual que el mayor de los tesoros, guardaba en su alma su bella acompañante.

Salieron de aquel lugar ya de amanecida... sus ojos vieron a lo lejos, donde la línea del horizonte se confunde con el confín del mundo, como algunos rayos de sol querían entrar por entre la espesa persiana de niebla que a aquellas altas horas de la madrugada cubren la ciudad limeña. Habían estado juntos casi toda la noche, y ella, aquella chiquilla de pelo negro y ojos como tizones encendidos, le miraba como nunca antes le había mirado ninguna otra mujer, como nunca hasta ese momento él se diera cuenta lo había hecho nadie, y él, Juan, hombre seguro de si mismo hasta ese preciso momento, tan solo fue capaz de mirar a un lado y a otro, pues no podía creerse lo que le estaba sucediendo y fue entonces, cuando al notar como la mano de aquella chiquilla tomaba la suya, cuando sintió que un rio de sangre bañaba su cuerpo agitando sus entrañas con la fuerza del mil huracanes y la suavidad de los pétalos de miles de rosas.
Juan Lucas.